viernes, 10 de octubre de 2008

La Adoración



3.- Adoración

En la adoración me pongo de rodillas ante Dios, porque Dios es Dios.

No es para pedir nada, no es para lograr nada, no hablo de mis problemas, no busco sentimientos, ni apaciguar el corazón.

Me arrodillo porque Dios es más grande que yo.

En la adoración intento mirar solo a Él, me olvido de mi mismo, ahora, siempre, sólo Él es importante.

En la adoración la meta de mis miradas, pensamientos, sentimientos, aspiraciones, anhelos sobrepasa el propio ego, me abro al que es más que yo, infinitamente más que yo.

En la adoración adquiero mi verdadera estatura, mi verdadero tamaño, encuentro mi lugar propio - me ubico en mi lugar.

En la adoración vivo lo que un maestro expresó así: Todo debe volverse nada para mí, para que Él pueda ser mi todo. (Hans Urs von Balthasar) y otro decía: Debo vaciar la pequeña casa de mi ser - para que Dios la pueda llenar enteramente. (Charles de Foucauld)

En la adoración se trata de Dios, y de Dios por si mismo.

“Hay personas que aman a Dios y que miran a Dios como se mira y como se ama una vaca. A la vaca la amas por la leche y el queso que te da, o sea por la utilidad que te presta. Así mismo tratan a Dios, quieren obtener de El riqueza exterior o consuelo interior, pero esto no es el verdadero amor a Dios, sino estos aman su propio provecho. Te digo con toda claridad, todo lo que puedas desear o anhelar - si no es Dios mismo - no podrá nunca ser tan bueno que no pueda convertirse en obstáculo en el camino hacia la Verdad suprema”.
(Maestro Eckhart)

En la adoración puedo - sin miedo - des-centrarme de mi mismo para centrarme en Dios.

No estoy obligado a ser siempre el centro de mis afanes
de mis emociones
de mis miedos
de los demás
de mis pensamientos, etc.

Me libero de mi mismo, dejo de mirarme a mi mismo para mirar a Dios, a otro y al hacerlo encuentro mi lugar, me encuentro a mi mismo.

Adoración significa aceptar que Dios es mi punto de referencia, me centro en Él.

Adorar es poner todo mi interior delante de Dios, es superar el miedo a la verdad, mis pequeñas y grandes vergüenzas y humillaciones.
Si logro confrontar mi verdad con alguien, contarle lo que nunca conté porque me daba vergüenza, al hacerlo habitualmente pierde tamaño, pierde fuerza y dominio sobre mi ...
En la adoración le permito a Dios mirarme, ver hasta el último rincón de mí ser, de mi corazón, le permito poner su luz, su calor en mi vida.

Romano Guardini:

La dignidad del ser humano proviene de la verdad y cuando el ser humano se inclina ante Dios para adorar está en la verdad y en la libertad.
El acto de adoración tiene algo de auténtico, bienhechor, constructivo. Tiene algo que da salud.

La pureza del espíritu es algo muy grande. El cuerpo tiene su pureza, el corazón y el espíritu también y ésta es la que da salud.
La pureza del espíritu está relacionada con la verdad. Un espíritu es puro cuando hace las distinciones necesarias; cuando llama bueno lo que es bueno y malo lo que es malo. No consiste en hacer el bien y evitar el mal. Se trata de algo anterior; que lo bueno no sea llamado malo y lo malo no sea jamás llamado bueno.
El espíritu se torna impuro por la mentira. No es hacer el mal lo que hace impuro al espíritu, mientras sepa y reconozca interiormente que lo que hace es malo. El espíritu se vuelve impuro cuando confunde lo bueno y lo malo, cuando llama bien lo que es malo, y malo lo que es bueno. El espíritu se vuelve impuro cuando no tiene voluntad de ver lo que es, cuando es indiferente a la claridad, cuando ya no sabe que el honor de la verdad es su propio honor, cuando ensucia el sentido de las palabras, que es también el sentido de las cosas y de la vida.
La impureza del espíritu enferma al ser humano.

Nuestra adoración a Dios es lo que garantiza la pureza del espíritu.

Mientras el ser humano adore a Dios, se incline ante Dios como ante el ser que es “digno de recibir el honor, la gloria y el poder”, queda a salvo de la mentira.

La pureza del corazón y la santidad son las fuerzas más grandes del hombre - pero también las más vulnerables y las más fáciles de engañar.

No hacer el bien que he reconocido es grave, mucho más grave es una actitud torcida frente a la verdad misma, esto es lo que enturbia el espíritu y la mirada.

La adoración es el medio de hacer verdad en nosotros, es el medio que purifica el corazón y renueva en el corazón el amor a la verdad.

Adoración es ahuecar el alma, es abrir espacio a Dios en nuestro interior.

“Pongo ante ti el recipiente vacío de mi anhelo”. (Gertrud von Helfta)

Pensar que Dios es digno de adoración, infinitamente digno porque “por su voluntad fueron creadas todas las cosas” y adorar interiormente es un acto grande que cura y sana.
_______________

Nuestra adoración es eucarística. Nos ponemos delante del pan consagrado en la celebración de la Eucaristía, y esto es expresión del deseo de estar con el Señor y de alcanzar la unión de amor con Él.
Sin embargo la adoración nunca deberá perder su relación interior con la celebración eucarística, la adoración del pan eucarístico es la continuación de la liturgia de la comunidad en la liturgia del corazón.

En la adoración de Jesús-Eucaristía, el reconocerlo al partir el pan y adorarlo en el pan compartido y en su entrega puedo hacer la misma experiencia de los discípulos de Emaús: no sólo lo reconocen delante de sus ojos, el reconocimiento es retro-activo, lo reconocemos como el compañero del camino.
Aunque nuestros pesares y cargas nos impedían verlo mientras caminábamos con Él, ahora recordamos que nos ardía el corazón por el camino.

La adoración explícita - los momentos ante el tabernáculo en el silencio de la capilla - son necesarios para transformar todo nuestro andar en experiencia de Dios, encuentro con el Resucitado.

Cuando estoy en silencio ante el pan - sacramento miro a aquel que me ama, el que se entregó, no tenemos que hacer otra cosa que mirar: “Yo lo miro a Él y Él me mira a mi”. (cto. del sto. Cura de Ars).

Yo lo miro desde el lugar que encuentro como lugar delante de Él. El me mira desde su lugar - que es lo alto de la cruz - desde donde quiere atraer a todo hacia sí.

Cuánto más dirijo la mirada a Cristo, tanto más entro en contacto con mi propio ser. Cuánto más se me hace presente el tú de Cristo, tanto más me hago presente a mi mismo. Yo me transformo en tú (M. Buber) En el encuentro con Cristo hallo el camino que me conduce a mi mismo.

Miro a Jesucristo que me ama, que me libera en lo más íntimo de mí, que me lleva a la verdad de mi mismo, ordena todo en mí con relación al verdadero centro que es Dios.

En la adoración entro en contacto con mi verdadero núcleo, con la imagen que Dios se ha hecho de mí, y que Dios ha puesto en mí.

Cuando me pongo ante el Señor-Eucaristía, pongo ante Él todo, mi interior y mi exterior, todas las cosas y también las personas, mis planes, anhelos, proyectos, tentaciones, debilidades, miedos:
todo se concentra en el verdadero centro: Dios; y todo encuentra desde este centro su lugar, su importancia, su relevancia.

El encuentro con Jesucristo en la adoración eucarística es encuentro con el Jesús del corazón traspasado. El Señor se ha dejado herir por nosotros, ha dejado que rompan su corazón para que nosotros no nos dejemos destruir por nuestra vida. Se ha hecho traspasar por nosotros para hacerse accesible.

“La apertura del corazón significa la entrega de lo más íntimo y personal para que todos lo puedan disfrutar, de esta forma, todos pueden entrar en ese espacio abierto y ahuecado.” (Hans Urs von Balthasar)
El Corazón de Jesús está abierto. La intimidad de la adoración, que está presente en la palabra “adorar”, llega a su culminación en el culto al Corazón de Jesús.

El evangelio de Juan remite al corazón traspasado de Jesús, fuente de toda vida, de toda salvación y de vida eterna.

El corazón de Jesús está abierto porque sufre, porque soporta el dolor. Sólo puede amar quien puede ser herido. Jesús es el médico herido (en el corazón) que sana.

En la adoración eucarística podemos aprender de Dios un amor que puede sufrir y por lo tanto también sanar / salvar.


La adoración no es algo puramente privado, es ejercicio de un amor distinto hacia el prójimo.

En este corazón traspasado podríamos comprender a todos los que nos preocupan. Mirando el corazón traspasado podemos abrir nuestro corazón para que pueda amar y salvar a las personas que encontramos todos los días.

________________________________

Los maestros proponen la mañana o el atardecer / noche como momentos más propicios para la adoración.
El principio del día reproduce el principio de nuestra vida
el fin del día anticipa nuestra muerte.

La adoración hay que practicarla siempre, no sólo cuando estoy bien dispuesto.

La adoración no nos resulta fácil por naturaleza, hay que practicarla, ejercitarnos en ella.

Textos bíblicos:

Jn 7, 37 -39
Jn 19, 31 - 37
Apoc 4, 1 - 11
Apoc 7, 11 - 12

¿Cómo podemos apoyarnos discretamente y eficazmente en nuestra adoración?
¿Cómo comunicarnos mutuamente lo vivido en la adoración?



Carta sobre la Adoración

de Pablo Fontaine A. ss.cc.

Julio de 1985

Queridos/as:

Les escribo algunas reflexiones simples sobre la Adoración en la esperanza de que esta práctica volverá a ser en la Congregación, expresión de unidad y realidad significativa de nuestra misión común.

Pienso que hay varios signos que van indicando una moción del Espíritu en este sentido. Y, si es así, quiere decir que la Adoración ha llegado a ser para nosotros un verdadero regalo.

1. ¿Qué sucede cuando un hombre adora a Dios?

Que en él se hace consciente y claro algo que habitualmente le está oculto aunque constituya su realidad más profunda: se hace gesto y palabra, pensamiento y afecto, su condición de creatura. El hecho de estar siempre recibiendo la existencia de manos de Dios se hace explícita gratitud y reconocida admiración.

El hombre que adora sumerge (doble las rodillas, oculta el rostro para expresarlo corporalmente) su pensamiento y su corazón en el ancho océano de la vida de Dios, sólo para decir: Gracias! Tú sólo eres Dios! Tú sólo el santo!

Tal actitud constituye un gesto primordial del hombre. Es común a todos los hombres y a todas las religiones de los hombres. Se da en Jesús de Nazareth, hombre como nosotros, y en el pecador que es cada uno de nosotros.

2. Contemplando a Jesús adorando de noche o en la madrugada, leyendo sus palabras de alabanza que el Evangelio ha recogido, es posible entrar por la meditación, en su postura de adoración, para adorar con El y como El: “Te alabo Padre ...”

Sobre todo su alma debió adorar con máxima intensidad aquella noche de la última Pascua en Jerusalén. Allí expresó, según el ritual hebreo, su alabanza al Dios Creador, al Dios Salvador de Israel, dándole gracias (Eucaristía) por todo lo obrado con su pueblo, incluido su propio sacrificio, expresado en esa Cena con el gesto del pan y del vino, ofrecidos como cuerpo y sangre de sacrificio.

3. Contemplemos ese Corazón de Cristo que ora, que alaba, que agradece, admira, adora, se entrega, y lo hace en la Oblación más fundamental de toda la historia humana. Es esa entrega interior de Jesús la que anima el camino de esas horas, en especial la agonía de la Cruz.

No hay sino una Oblación redentora que arrastra todo su ser y toda su historia en un gran acto de Adoración que va desde los acontecimientos anteriores de su vida terrestre, se hace particulramente significativa en la Cena, alcanza su máxima densidad en la Cruz y permanece para siempre en el Cordero Resucitado que está eternamente ante el Padre y se hace presente en la historia humana actual.

4. En esta Oblación adorante entramos todos con nuestras vidas, ya que éstas son, desde la fe, participación y reflejo de la de Jesús. Esta entrada nuestra en la oblación de Jesús, se realiza a través de un instrumento concreto, sometido al tiempo y al espacio, la celebración eucarística de la Iglesia.

Al participar en la celebración eucarística por la comunión del Cuerpo de Cristo presente sacramentalmente, hacemos nuestro el Sacrificio de Cristo. En esta cena de pobres, entra todo el sufrimiento de los pobres y oprimidos del mundo, entregados confiadamente como un Único Cristo al Dios de la Vida.

5. El pan consagrado, después de la celebración, sigue siendo un signo vivo del Cordero ofrecido y una invitación a unirse a El, a participar de su Oblación eterna.

Este signo se da en un tiempo y un espacio concreto. La Eucaristía está ahí, en nuestra casa, con frío o calor, con ruido de autos o de radios vecinas, en la humildad de nuestro ambiente limitado.

De rodillas, frente al Tabernáculo en la capilla, estamos expresando que queremos entrar en el gesto adorador de Jesús para alabanza del Padre y servicio de la humanidad.

Es un modo de adorar que nos fue legado por los Fundadores. Es un gesto sencillo, pero lleno de sentido, más para el corazón que para la inteligencia.

6. Ahora, ¿qué sucede cuando comulgamos? Nuestra mente se dispone a participar en este misterio, se ahueca el alma para recibir el regalo de Dios. Sin este movimiento interior, la comunión no tiene efecto alguno.

Pues bien, en la adoración, repetimos o continuamos esa disposición, como el monje prolonga la salmodia, en su oración privada, una vez que el oficio litúrgico de las Horas ha terminado. Porque estamos frente al Sacramento permanente, nos ponemos en una actitud d adoración como la de Cristo y la expresamos plásticamente en la postura corporal, uniéndonos “espiritualmente” a la alabanza del Señor.

Y luego en la vida de todo el día y de todos los días, mantenemos la misma actitud, el mismo sacrificio de alabanza por el cual seguimos invisiblemente atados a la celebración eucarística que tuvimos o vamos a tener.

Por eso no tendría sentido multiplicar las celebraciones eucarísticas durante el día so pretexto de estar más unidos a Cristo o de recibir mayores “gracias”, pues todo lo que hacemos, toda entrega nuestra proviene de y tiende a las celebraciones que parece normal realizar, para darle cuerpo concreto, objetivo y visible a la presencia del Sacrificio de Cristo en la Iglesia.

7. Nuestros fundadores vieron la adoración como una reparación del pecado. Si bien expresaron esta dimensión con un lenguaje y una teología que nos es muy ajena, la verdad es que esa oblación que brotó del Corazón de Jesús y se dirigió al Padre como Adoración fundamental, es el gran acto que expía el pecado del mundo.

En la Eucaristía, en la adoración y en la vida, procuramos completar como podemos, lo que falta a esa Pasión expiatoria de Jesús.

En la adoración nos hallamos frente a la realidad del Crucificado-Resucitado y recordamos lo que el pecado ha hecho en Jesús. Pensamos también cómo el pecado de nuestros días corroe el corazón humano en lo personal y arrasa nuestra época y nuestra tierra con ese cortejo de injusticia, mentira y muerte que llamamos pecado social.

Resulta así la adoración un coloquio con el Corazón de Jesucristo, con la conciencia del pecado como ofensa personal a Dios y como destrucción del hombre. Dios no sufre con el pecado, pero algo sucede en El cuando hay una ofensa, o mejor algo sucede en el hombre, y algo se le resta a Dios.

8. Los invito a permanecer cada día aunque sea unos minutos adorando al Señor en la Eucaristía y pidiéndole por nuestro pueblo golpeado y humillado, mientras los ojos de la fe contemplan al Cristo crucificado que muere en los pobres y oprimidos de nuestro país y del mundo.

Rueguen en la adoración también por los hermanos de la Congregación y por la vasta red de comunidades de nuestra Iglesia. El pedir unos por otros nos acerca a todos los hermanos que trabajan en diversos lugares y situaciones.

Escribía el Fundador: “Que piensen a menudo en su Adoración, que me uno a ellos, y que jamás pasa una medianoche sin que me transporte hacia todos Uds. y todas las casas, para que el Divino Corazón de nuestro Buen Maestro los guarde y nos bendiga a unos y otros, y nos conceda su gracia y su paz”. (cit. por Juan Vicente González ss.cc. en “El P. Coudrin, p. 501)

Que nadie se haga problema preguntándose si nuestra adoración va dirigida a Cristo o al Padre. En ambos brilla el mismo resplandor divino: “Felipe, quién me ve, ve a mi Padre”. Vitalmente en la adoración, estamos sumergidos en Dios. Psicológicamente podemos estar atentos a cada una de las Personas Divinas según la inclinación de nuestro corazón.

9. ¿Cómo hacer adoración?

Me permito sugerir una forma para que esos momentos transcurran útil y fecundamente.

Dividamos el tiempo en tres partes:

a. La llegada: Será un tiempo para calmarse y concentrarse. Ya estará bien empleado si pasamos largamente estableciendo “contacto” con el Señor, tomando conciencia de lo que estamos haciendo.

Será un tiempo para pedir la ayuda del Espíritu Santo, para contemplar el sufrimiento de Cristo actual en los hombres, para hacer silencio interior y entrar en adoración profunda ...

b. La mirada: Será un tiempo de reflexión (tal vez con un libro de apoyo) o de simple mirada. Será una conversación con el Señor, en espíritu de adoración, de reconocimiento de la grandeza del Señor y de nuestra pequeñez.

El Señor está “ahí” en el Tabernáculo como Cordero ofrecido, como permanente sacrificio de alabanza; pero está “antes” en el fondo de tu corazón adorando al Padre y amándonos.

c. El camino: Está dedicada esta parte al futuro inmediato, a tu acción de hoy y de mañana, a prever los desafíos que vendrán, a disponerte para cumplir la Voluntad del Padre. Es mirada al Señor y a la Vida como quehacer y llamado.

10. Junto a la Cruz del Señor estaba María de pie. Junto a nosotros adorando está también ella, experta en adoración dolorosa y oscura, guardando en su corazón “estas cosas”, es decir, el morir y el vivir de su Hijo, nuestra propia pequeña historia, la pasión de nuestro pueblo, nuestra esperanza ...

Al terminar estas lineas, me doy cuenta de que no he podido trasmitir lo que deseaba. Estas pobres palabras mías han resultado muy frías y teóricas. Mientras Uds. las leen, yo seguiré pidiendole al Espíritu que les enseñe a adorar y les comunique un fuerte entusiasmo y deseo por entrar en el Corazón de Cristo para mirar al Padre y a mostrarle nuestro mundo.

Con el afecto de siempre los saluda

Pablo

No hay comentarios: