viernes, 10 de octubre de 2008

La Conversión


Discípulos/as misioneros/as para que nuestros pueblos en él tengan vida.

La Conversión

Discipulado tiene que ver con:

v Seguir al Maestro
v Aprender del Maestro
v Convertirse al Maestro

Frases para pensar:

"Jamás he enseñado a alguien algo que yo no haya puesto en práctica previamente". (Juan Casiano, monje, 360 - 435)

"¿Quién cambia el corazón de aquellos/as que quieren cambiar el mundo?" (Francisco Whitaker – Brasileño - Inspirador del Foro Social Mundial)

“Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo”. (Mahatma Gandhi )

“He tomado sobre mis espaldas el monopolio de mejorar sólo a una persona, esa persona soy yo mismo y sé, cuán difícil es conseguirlo.” (Mahatma Gandhi)

“El cristiano de mañana será un místico, o sea alguien que ha experimentado algo o no será nada.” (Karl Rahner S.J.)

“En ambientes en que cristianos viven entre sí por varias generaciones, se produce una confusión entre la fe y una cierta mentalidad y unas costumbres que se tienen por cristianas.”
”Los cristianos se apegan a moralismos, a opiniones políticas, adoptan un cierto estilo de vida y costumbres de por sí indiferentes, y consideran todo esto como obligaciones de la vida cristiana, lo confunden con la vida de fe.”
No anunciamos una buena noticia porque el evangelio no tiene nada de nuevo para nosotros. Nos hemos acostumbrado y el evangelio se ha transformado en una novedad vieja. El Dios vivo dejó de ser una felicidad tremenda y conmovedora.
”Dios es algo que suponemos y que ha llegado a ser el telón de fondo de nuestra vida.”
”Cuando hablamos de Dios, hablamos de una idea, en vez de dar testimonio de un amor que nos sostiene y que podemos compartir con otros.”
”Entonces encontré a Dios, o más bien, al orar me di cuenta que Dios me encontró a mí.” Madeleine Delbrêl

I.- Ser discípulos en esta Iglesia concreta que busca su camino en medio de los Pueblos de América Latina y el Caribe.

Ø Desde la Conferencia de Medellín, en 1968, se ha ido perfilando un nuevo rostro de la Iglesia en América Latina. Un rostro anhelado y soñado; en parte ya realizado, en parte aún dolorosamente esperado.
Ø Vivimos en el anhelo de una Iglesia profundamente comunitaria, fraterna, acogedora, en la cual podamos de verdad sentirnos y reconocernos como hermanos/hermanas.

Ø Una Iglesia que haga realidad una fraternidad anclada en la común experiencia bautismal, más importante que todas las legítimas diversidades que de hecho existen entre sus miembros.
Ø Una Iglesia que se configure como una red de comunidades cristianas de base.

Ø Una Iglesia que vive en su seno una pluralidad de ministerios suscitados por un mismo Espíritu, y que reconoce en todos la misma pasión por proclamar la misericordia de Dios a aquellos que aún no la acogen.
Ø Una Iglesia inserta en la realidad de sus propios pueblos, con una atención evangélicamente preferencial por los pobres.

En definitiva, el anhelo de una Iglesia en la cual todo creyente, incluidos los más pobres y los pecadores, pueda sentirse como "en su casa"; una Iglesia acogedora; que ayude a ahondar a la luz de Cristo su vivencia de una auténtica humanización y que entre en una dinámica misionera y testimonial que surge del gozo del encuentro con Jesús como el Mesías esperado.

Ser discípulos/as misioneros/as de Jesucristo hoy tiene que ver de modo fundamental con esta experiencia de ser Iglesia. No es una vivencia individualista, que pueda prescindir de la concreta realidad eclesial de cada lugar.

II.- Tres dimensiones fundamentales del talante del discípulo misionero

Cada una de estas tres dimensiones apunta desde una ángulo diferente a que el discipulado misionero supone:

+ experiencia mística
+ conversión

1.- La condición más básica del discípulo es la de un hombre o de una mujer que habiéndose encontrado personalmente con Jesús ha experimentado una auténtica fascinación por él.
2.- El encuentro con Jesús revierte necesariamente en una conciencia nueva sobre uno mismo.

En la conciencia de la propia fragilidad, del propio pecado; y frente a ellos de la gracia, la bondad y la misericordia de Dios.

No es la conciencia de las propias capacidades la que motiva a hacerse discípulo o discípula de Jesús, "para ayudarlo en su obra". Sino muy por el contrario, es la experiencia de la propia fragilidad la que impulsa a irse tras él, para encontrar sentido y sustento para la propia vida.

3.- Hacerse discípulo de Jesús conlleva entrar en un nuevo modo de pertenecer a la comunidad humana.

Se acaba el viejo y limitado concepto de prójimo. La parábola del “Buen Samaritano”, (Lc 10, 25 - 37) funda el concepto cristiano de prójimo, y aquí la pregunta no es: ¿Quién es mi prójimo? sino ¿De quién me he hecho prójimo? Se abre paso una nueva experiencia de comunidad, de fraternidad de hermanos/as que se reconocen a si mismos como hijos e hijas de un mismo Padre, y que al experimentar el gozo de la salvación se hacen mensajeros de las buenas noticias personalmente vividas.

El encuentro con Jesús impulsa al discípulo a hacerse misionero y testigo de lo que ha visto y oído.

Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que han tocado nuestras manos (...) es lo que anunciamos. (1 Jn 1, 1)

Y hoy, la experiencia del encuentro con Jesús ¿es tan intensa que efectivamente transforme nuestra vida y nos lance a ser testigos de lo que el Señor ha hecho con nosotros?

• La Mujer samaritana (Jn 4)
• Zaqueo (Lc 19, 1 -10)
• El itinerario de conversión de Pedro


Ø Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era cerca del mediodía. Llegó una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber". Jn 4

Ø Zaqueo, baja pronto; porque quiero alojarme en tu casa. Lc 19

La conversión como exigencia evangélica, no está ligada al grado de instrucción o de cultura, ni a ninguna posición social. No está ligada al poder, ni a la riqueza, ni al saber. Ni a ningún tipo de actividad, compromiso o ideología. No existen "profesionales" ni "clases" de convertidos. Ni aun el hecho de ser religioso u obispo, supone necesariamente el hecho de la conversión, que tiene exigencias autónomas.

No siempre estamos concientes del itinerario de la conversión; de su dinamismo crítico. No hay una sola llamada de Cristo en la vida, hay varias, cada una más exigente que la anterior, y envueltas en las grandes crisis de nuestro crecimiento humano-cristiano. La conversión es un proceso que nos interna en el radicalismo evangélico de nuestro "mundo" para vivir en el éxodo de la fe y del seguimiento del Señor.

Ø Momentos claves en el itinerario de conversión de Pedro

Textos que marcan hitos en el camino de conversión de Pedro:
v Primer encuentro de Pedro con Jesús
Uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús, era Andrés, hermano de Simón Pedro. 41 Al primero que Andrés se encontró fue a su hermano Simón, y le dijo: Hemos encontrado al Mesías (que significa: Cristo). Luego Andrés llevó a Simón a donde estaba Jesús; cuando Jesús lo vio, le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan, pero tu nombre será Cefas (que significa: Pedro). (Jn 1, 40 – 42)
v La “pesca milagrosa”

En una ocasión, estando Jesús a orillas del Lago de Genesaret, se sentía apretujado por la multitud que quería oir el mensaje de Dios. Jesús vio dos barcas en la playa. Los pescadores habían bajado de ellas a lavar sus redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la alejara un poco de la orilla. Luego se sentó en la barca, y desde allí comenzó a enseñar a la gente. Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón: Lleva la barca a la parte honda del lago, y echen allí sus redes, para pescar. Simón le contestó: Maestro, hemos estado trabajando toda la noche sin pescar nada; pero, ya que tú lo mandas, voy a echar las redes. Cuando lo hicieron, recogieron tanto pescado que las redes se rompían.Entonces hicieron señas a sus compañeros de la otra barca, para que fueran a ayudarlos. Ellos fueron, y llenaron tanto las dos barcas que les faltaba poco para hundirse. Al ver esto, Simón Pedro se puso de rodillas delante de Jesús y le dijo: ¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador! Es que Simón y todos los demás estaban asustados por aquella gran pesca que habían hecho. 10 También lo estaban Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús le dijo a Simón: No tengas miedo; desde ahora vas a pescar hombres. Entonces llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y se fueron con Jesús. (Lc 5, 1 – 11)

v Pedro piensa como piensan los hombres

Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Algunos dicen que Juan el Bautista; otros dicen que Elías, y otros dicen que Jeremías o algún otro profeta. Y ustedes, ¿quién dicen que soy? les preguntó. Simón Pedro le respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente. Entonces Jesús le dijo: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que tú ates aquí en la tierra, también quedará atado en el cielo, y lo que tú desates aquí en la tierra, también quedará desatado en el cielo. Luego Jesús ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. A partir de entonces Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que él tendría que ir a Jerusalén, y que los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley lo harían sufrir mucho. Les dijo que lo iban a matar, pero que al tercer día resucitaría. Entonces Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: ¡Dios no lo quiera, Señor! ¡Esto no te puede pasar! Pero Jesús se volvió y le dijo a Pedro: ¡Apártate de mí, Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres. (Mt 16, 13 – 23)
v Pedro no puede expulsar un demonio
Maestro, aquí te he traído a mi hijo, pues tiene un espíritu que lo ha dejado mudo. 18 Dondequiera que se encuentra, el espíritu lo agarra y lo tira al suelo; y echa espuma por la boca, le rechinan los dientes y se queda tieso. He pedido a tus discípulos que le saquen ese espíritu, pero no han podido. Jesús contestó: ¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Traigan acá al muchacho. (...) Luego Jesús entró en una casa, y sus discípulos le preguntaron a solas: ¿Por qué nosotros no pudimos expulsar ese espíritu? Y Jesús les contestó: A esta clase de demonios solamente se la puede expulsar por medio de la oración. (Mc 9, 17 – 19.28-29)
v Pedro niega conocer a Jesús

Pedro, entre tanto, estaba sentado afuera, en el patio. En esto, una sirvienta se le acercó y le dijo: Tú también andabas con Jesús, el de Galilea. Pero Pedro lo negó delante de todos, diciendo: No sé de qué estás hablando. Luego se fue a la puerta, donde otra lo vio y dijo a los demás: Ese andaba con Jesús, el de Nazaret. De nuevo Pedro lo negó, jurando: ¡No conozco a ese hombre! Poco después, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: Seguro que tú también eres uno de ellos. Hasta en tu manera de hablar se te nota. Entonces él comenzó a jurar y perjurar, diciendo: ¡No conozco a ese hombre! En aquel mismo momento cantó un gallo, y Pedro se acordó de que Jesús le había dicho: "Antes que cante el gallo, me negarás tres veces." Y salió Pedro de allí, y lloró amargamente. (Mt 26, 69 – 75)

v Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero.

Terminado el desayuno, Jesús le preguntó a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Pedro le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Cuida de mis corderos. Volvió a preguntarle: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Cuida de mis ovejas. Por tercera vez le preguntó: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro, triste porque le había preguntado por tercera vez si lo quería, le contestó: Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Cuida de mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, te vestías para ir a donde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará a donde no quieras ir. Al decir esto, Jesús estaba dando a entender de qué manera Pedro iba a morir y a glorificar con su muerte a Dios. Después le dijo: ¡Sígueme! (Jn 21, 15 – 19)


v Meditar en estos textos –darse cuenta como Pedro va entrando cada vez más al discipulado/seguimiento del Maestro.

v Describir mis propias etapas de conversión, hacerlo con más detalle con el primer encuentro con el Maestro.

El liderazgo como un servicio


El liderazgo como un servicio


Por principio de cuentas, un líder es un ser humano, por eso, como cualquier otro individuo, tiene cualidades y limitaciones. No es un superhombre/ supermujer, es una persona común y corriente. Sin embargo, tiene más agallas, visión y fe que las personas normales. Por otra parte, una cualidad que lo caracteriza es que sabe transmitir confianza a sus seguidores.
Los líderes tienen ciertas características; pero carecen de otras. Poseen cosas que los distinguen y otras que se guardan para sí mismos.
Las reglas a las que se someten los líderes son las mismas que las que gobiernan a todos. Para cumplirlas en forma íntegra, los líderes (incluso cualquier otra persona que pretenda cierto modo de vida) deben poseer ciertas características. Estas son: dar lo que se tiene, rasgos diferenciadores y disposición para la evaluación interior. En las siguien­tes páginas analizaré estos rasgos así como otros que resultan inapropiados para el liderazgo.

Dar lo que se tiene
“Para dar hay que tener" es una frase de sentido común, contundente, que suena a obviedad y que puede resultar incómoda, a menos que se le dé cierto sentido.¿Cuál es este sentido? Comprender que cada persona puede dar, pero primero debe tener algo que dar. Por ello, la caridad comienza con uno mismo. Hay, por tanto, que ayudarse para poder ayudar.
En el caso del liderazgo, esa frase es esencial, porque la influencia así como la persuasión y la dirección que un guía ejerce sobre alguien, presupone que el que la ejerce (esto es, el guía) lo hace Sobre sí mismo; de lo contrario, violentaría la frase mencionada anteriormente, pues trataría de dar algo que no tiene: influencia, información persuasiva y dirección.
La capacidad de influir en otros ha sido llamada a través de los años carisma. Es un don, algo especial cine hace que la persona (el líder) brille entre las personas. La información persuasiva tiene que. ver con la capacidad para formar un discurso coherente, que pueda ser transmitido a otros y que, además, sea persuasivo. La dirección tiene que ver con un rumbo claro, tanto para el líder como para los seguidores.
¿Qué hace que los seguidores permitan ser influenciados, reciban y digieran la información persuasiva y toleren ser dirigidos? Hay muchas razones; sin embargo la más importante es aquella por la cual el seguidor accede a dejarse guiar porque supone que aquel que lo guiará lo ama o, cuando menos, que lo aprecia. Por tanto, el líder (que transmite, un mensaje creíble de que ama a su gente) y la gente (que recibe y cree ese mensaje) forman el binomio de amor líder-seguidor necesario para que se dé la influencia. ¿Cómo hace el líder para sentir amor por su gente? Bowly (1972), como ya se mencionó, comenta que hay tina serie de ciclos breves que ayudan al niño a conocer el amor. El primero es haber sido amado por alguien; de esa forma el infante conoce el amor; pues ha recibido manifestaciones de él (caricias, arrumacos, miradas, entre otras tantas cosas). Una vez que lo conoce, le da dirección, primero hacia sí mismo (y luego hacia otros), esto es, aprende a amarse, a dirigir hacia sí mismo eso que alguien ha dirigido hacia él (y luego lo vierte en otros). De este modo, resuelve el ciclo de la autodirección del amor y puede iniciar el tercer ciclo, a saber, dirigirlo hacia otros. Es decir, resuelve naturalmente la obviedad de que sólo se puede dar lo que se tiene. En resumen, amo porque tengo amor para dar, porque lo conozco, y lo he dirigido hacia mí; además, puedo dirigirlo hacia otros porque sé qué es y lo poseo. Doy algo que tengo.

Los amo porque me amo, porque sé 1o que es amar; y espero que ustedes comprendan esto y se sientan amados y me permitan que los influya y dirija.

Por supuesto que un ser humano que no haya tenido la experiencia de vivir las etapas descritas por Bowly puede utilizar diferentes modelos (personas, no necesariamente los padres) para aprender a amar. Sin embargo, requerirá confianza para acercarse a esos modelos y atrevimiento para vivir la experiencia de ser querido y apreciado por alguien más.
Así, vemos que todo lo que un líder ha internalizado (tomado), todo lo que un líder sabe que tiene (conciencia de lo que ha tomado) y todo lo que un líder confía en poder hacer (autoeficacia) es, simple y sencillamente, aquello que puede ofrecer. Todo lo que ha enfrentado y resuelto, más sus pendientes por resolver, formarán el caudal de recursos con que contará y las carencias que tendrá que superar. En este sentido, "Tannenbaum y Schmidt (en Hersey, Blanchard y Johnson, 1999, quienes citan el célebre artículo How to Choose a Lendership Pattern, de la Harvard Business Review) clasifican la forma de actuar de un líder en una situación específica en siete tipos, los cuales van desde el liderazgo autoritario al liderazgo democrático. Señalan que el estilo de liderazgo que se adopte dependerá de la situación específica resultante de la interacción entre el líder, el seguidor y de las circunstancias en que ambos se encuentren. En otras palabras, la situación específica, así como las características en que se hallan los seguidores, determinarán el tipo de liderazgo que se asuma. Por lo cual, dicen ellos, la situación determina el estilo del liderazgo.
Siguiendo las ideas del párrafo anterior, se puede decir que las conductas adquiridas y aprendidas por un líder pueden llegar a ser importantes y hasta determinantes para enfrentar una situación determinada, y que de ellas dependerá su eficacia.
En conclusión, habrá comportamientos adquiridos que serán útiles en ciertas situaciones pero inútiles en otras. Lo más que puede hacer el líder es tratar de desarrollar diferente,,; talentos o competencias sin dejar de reconocer que jamás podrá tenerlas todas, sino que sólo poseerá una parte y precisamente para esa parte será competente. Es sabio por parte de un líder saber cuáles son sus competencias y aceptar para qué situaciones carece de habilidades. También es sabio para un líder no tratar de enfrentar por sí solo dichas situaciones. En todo caso, lo que le conviene es buscar colaboradores que tengan las habilidades que la situación demanda.

Rasgos diferenciadores

Hay ciertos rasgos que diferencian a los líderes de quienes no lo son. Estos rasgos también están presentes en personas que poseen, en potencia, la capacidad para ser líderes. Por otra parte, quienes no son líderes suelen tener otros rasgos, aunque también pueden compartir algunas características propias del líder, pero éstas pueden encontrase en estado latente o estar muy poco desarrolladas.
Hay veces en las que, por alguna razón, a un líder potencial se le presenta la oportunidad de ejercer Un liderazgo. Ante eso, los rasgos diferenciadores latentes saltan a la luz y son ejercidos.
Pero también puede ocurrir que nunca se presentan esas oportunidades, por lo que el líder potencial podría llegar a la vejez sin haber ejercido sus cualidades.
¿Por qué se presentan o no esas oportunidades para que los lideres potenciales afloren?
Digamos que cada sociedad tiene sus fórmulas para detectar a su gente talentosa y hacer que ella sea su representante; otras, en cambio, bloquean a su gente y hacen que sujetos pusilánimes y sumisos, que no tienen criterio propio, sean sus representantes.
Cuando se pregunta a un joven, a través de de un ejercicio de redes semánticas,
[1] los conceptos que asocia a servidor público, generalmente lo que le viene a la mente son conceptos como enriquecimiento, prepotencia, poder e influencia. Entonces un joven que busca espacios y asocia dichos conceptos, ¿qué esta buscando realmente?
j
Dignificar el servicio público supone, para los representantes políticos, predicar con el ejemplo. Esa dignificación propicia no solo que los jóvenes comiencen a plantearse diferentes expectativas acerca de la función del líder político, sino también que utilicen conceptos diferentes para hablar de eso: apoyo social, honestidad, entre otros.
Otro rasgo diferenciador es el de la incompetencia. Puede ocurrir que haya personas que a pesar de no tener el potencial necesario para dirigir, pretendan hacerlo. En esos casos, uno necesita ser muy cuidadoso para decirle con sinceridad al aspirante cuáles son sus verdaderas potencialidades.
Para evaluar las reales capacidades para el liderazgo se pueden usar algunos perfiles diseñados para eso. Por ejemplo, Shelly, et al. (1991, citados en Robbins y DeCenzo, 1996) sobre los rasgos que diferencian a los líderes de los no líderes, señalan los siguientes rasgos distintivos de los primeros:

Impulso: muestran altos niveles de esfuerzo
Deseos de dirigir: quieren influir a otros
Honestidad e integridadl: construyen relaciones de confianza debido a que ellos mismos son confiables y siempre dicen la verdad acerca de lo que sienten y piensan
Autoconfianza: confían en sí mismos
Inteligencia: acopian, sintetizan e interpretan mucha información
Conocimiento: conocen su negocio

La consolidación de esos rasgos por parte de un líder le ayudará a ser más eficaz. Sin embargo, la consolidación debe ser profunda y veraz, ya que no basta con aprender a mostrar esos rasgos, sino que es preciso vivirlos, es decir, se requiere que haya una transformación.
Tampoco puede decirse que transformarse sea suficiente. Se requiere, tambien, que el líder aprenda a ejercer el mando. As{i, con estas características adicionales, llegar{a a la eficacia de la tarea (aspecto que ana1izaremos más adelante).

Disposición a la evaluación interior

Un líder debe se¡ capaz, de autoevaluarse. Por eso, requiere estar constantemente valorando su talento, sus fortalezas y debilidades para, así, actuar de la forma debida en cada situación También requiere evaluar su Capacidad de dirección mediante el discurso que maneja, o mediante el ejemplo.
El líder debe tener la capacidad de autoaprendizaje, la cual se obtiene escuchando, analizando y, en su caso, aceptando retroalimentación, o bien evaluando el quehacer de otras personas. En el primer caso, el aprendizaje le sirve para evaluarse a sí mismo por medio de lo que los demás ven en él; ctz el segundo, le sirve para evaluar lo que él mismo es capaz de hacer por otros.
No obstante, cuando el líder se convierte en imagen y máscara se cierra al aprendizaje. No quiere retroalimentación sobre su gestión ni le interesa el desarrollo de los seguidores. En este caso, lo único que le importa es su imagen, quedar bien, parecer bueno, maquillar sus defectos y sobrevivir. Además, su situación empeora cuando se rodea de personas acomodaticias y pusilánimes que sólo saben adular. En tal caso, la retroalimentación que obtiene es estéril e inútil.
El líder que pretenda ser eficaz con las metas (no eficaz con la imagen), que quiera ser (no parecer), deberá rodearse de gente que le brinde buena retroalimentación. Claro esta que las críticas harán que tenga momentos de reflexión, de vergüenza, de tristeza, de malestar por los errores cometidos, pero tales criticas le ayudarán a no caer en los mismos errores.
La evaluación de la gestión en función de la situación es un punto clave para el liderazgo, pues determina tanto las cualidades que se requieren para solucionar un reto o un problema como la honestidad para enfrentar dicho reto o, en su caso, delegarlo. Hersey, Blanchard y Johnson (1999) analizan la importancia que tiene la situación en la torna de decisiones. Además, explican cómo cada situación, al ser diferente, exige un estilo de liderazgo distinto. Jauli y Reig (2000) se refieren a la teoría situacional, en la cual se hace alusión a la concepción del mundo de algunos pueblos ancestrales. Según éstos, en el orbe coexistían varios seres que se encargaban de generar estabilidad (o equilibrio): el mago, el héroe y el dragón. Para los habitantes de aquellos pueblos este último ser representa el anticambio, pues está cristalizado (petrificado) y quiere que las cosas se perpetúen, ha obtenido su posición y su mando por la imagen que proyecta y no quiere desprenderse de éstos (ahora a los viejos dragones se les denomina dinosaurios); en cambio el mago es aquel que tiene la tecnología pata cambiar pero no el valor para hacerlo, es el asesor, el intelectual que está detrás de quien toma las decisiones, es el consejero, el mentor de éste; por último, el héroe, quien finalmente mata al dragón, es la persona que inicia las crisis, es la persona que genera una inestabilidad necesaria para que surja lo nuevo. Recapitulemos brevemente lo dicho: 1) el mago es quien tiene el talento para, de alguna manera, dirigir y producir cierta estabilidad; 2) el héroe es quien mata al dragón, es quien enfrenta lo anquilosado que pretende perpetuarse; y 3) el dragón representa a quienes no desean el cambio. Para cada situación se requieren talentos diferentes y, por tanto, diferentes clases de líderes. En otras palabras, cuando la situación es obsoleta y se necesita un cambio, el matadragones o héroe es fundamental; para cuando lo que se necesita es estabilidad el mago es la persona adecuada, y cuando se requiere que se petrifiquen temporalmente las cosas, que se detengan, el tiempo es de los dragones. De acuerdo con 1a situación que se pretenda enfrentar, cada figura resulta importante. Los problemas ocurren cuando se requiere estabilidad y viene un héroe a cambiar las cosas que no necesitan ser cambiadas, o cuando se requiere un héroe y aparecen en fila varios dragones que quieren continuidad.
Por lo anterior, parece que hay una pregunta que se debe formular cuando se pretende enfrentar tina situación: ¿Ante qué tipo de situación estamos? Luego de contestarla habría que plantearse otra: ¿soy yo la persona que debe estar ahí dado mi talento y mis características? Para contestar tal interrogante se requiere mucha madurez.
La evaluación correcta de la situación para la toma de decisiones, así como la propensión a la acción pero, sobre todo, la contención de la misma, son aspectos muy importantes que el líder debe valorar para saber cuándo actuar y cuándo no hacerlo, cuándo debe intervenir y cuándo debe hacerlo otro. Muchas veces esto depende de cada líder.
Cuando la situación es propicia para que el líder actúe pero éste no lo hace, tanto el líder como sus seguidores pierden una oportunidad de desarrollo. Al contrario, cuando la situación no es favorable pero el líder decide intervenir en ella, entonces podría generar sufrimiento y presión, pues a pesar de sus esfuerzos las cosas podrían no salirle bien. Lo sensato para él es decir sí ante una situación propicia y decir no cuando la situación así lo demande.
Por otra parte, el líder debe saber cuándo él es llamado para actuar y cuándo el requerido es otro. Si el llamado es para él y lo rechaza, privará nuevamente a sus seguidores de los beneficios que podrían haber obtenido de haber tomado la oportunidad. Cuando la situación no lo llama a él pero el líder pretende meterse a la fuerza en tal situación, provocará, por un lado, que el líder idóneo para ella no se manifieste, es decir, estará ocupando Un lugar que no 1e pertenece y, por el otro, causará una gran tensión entre el líder desplazado y él.
Por otra parte, cuando la situación le diga: "Tú no, debe ser otro”, y el líder acate esa negativa, las cosas fluirán mucho mejor. A menos que el otro tampoco sea la persona adecuada, entonces ambas personas podrían pensar: ninguno de los dos somos adecuados, pero de que sea él a que sea yo, pues yo. Pues no, si no es él ni yo, entonces es otro, y si está comprometido con el desarrollo de la organización o nación, o con el desarrollo de sus seguidores, su deber es propiciar que se reanude la búsqueda hasta que surja el líder idóneo para la situación. En este caso, la elección del sucesor, por sus cualidades y no por su simpatía o sus pretensiones, acallará los ánimos que pretenden que se elija a alguien por afecto y no por convicción.
En síntesis, a veces una situación dice: “Eres tú, es ahora y es con lo que tienes". En otras ocasiones dice: "Es otro, es después y es con deterntinadas cualidades". Buscar a la persona idónea, permitir el relevo y encontrar satisfacción en lo hecho sin esperar reconocimiento, requiere mucha madurez y eso, a la postre, producirá desarrollo, espacio para la eficacia, tiempo propicio para el bienestar y aprendizaje colectivo.

Características ínapropiadas
Queda claro, entonces, que cada situación requiere un estilo particular de Iiderazgo..Ahora bien, independientemente de las ideas situacionales ya presentadas, hay introyecciones que son éticamente inapropiadas o inadecuadas para lograr el éxito buscado. En otras palabras, ciertos fracasos son más atribuibles al comportamiento que a la situación.
McCall y Lombardo (en Hersey et al.,1999) han descrito esos comportarnientos y los han denominado defectos fatales de los líderes. Dichos comportamientos son los siguientes: actuar con rapidez y en forma intirnidatoria, con un estilo tiranizador y de manera insensible, fría, distante y arrogante; además, tales comportamientos generan poca confianza, amén de que hacen que el líder se muestre proclive a la ambición. Los líderes que poseen estos defectos tienen claros problemas de desempeño, son incapaces de trabajar en equipo y delegar responsabilidades, también son incapaces de formar personal eficaz; no piensan estratégicamente; son poco adaptables y demasiado dependientes.
No resulta difícil encontrar situaciones en las que los coulportamientos anteriores puedan aplicarse. Por eso, no me detendré en ejemplificarlas. Sin embargo, tengo que mencionar que los líderes que han introyectado (tomado del exterior y hecho suyos) esos comportamientos están destinados a cometer errores y a producir malos resultados. Obviamente, esos comportamientos se aprendieron en el seno familiar, en la escuela o en el trabajo, y como se aprendieron en tales contextos pueden modelarse y enseñarse a otros; en otras palabras, los líderes que exhiben esos comportamientos están dando cátedra a sus seguidores para que se conviertan como ellos.
¿Por qué algunos líderes como éstos habrían de modelar a sus seguidores? Primero porque no saben que son malos líderes, su gestión obedece a un modelo que funciona. ¿Cómo es posible que funcione, un modelo así si, supuestamente, esos factores contradicen al liderazgo? En los gobiernos no democráticos o con democracias disfrazadas, en las empresas familiares, o en aquellas donde está permitido operar con pérdidas (corno las empresas estatales sin contraloría y control) se "producen" líderes, presidentes, gobernadores, jefes y directores que, a pesar de tener tales comportamientos, sobreviven; además, muchas veces pueden ser premiados económicamente y hasta reconocidos como empleados ideales. Se puede decir que la situación impone a una persona que haga o lleve a cabo lo que la situación misma requiere: ejercer control, disfrazar las pérdidas generar utilidades ilícitas, generar camarillas de poder, negociar con influencias, etcétera. En estos casos, lo que se debe cambiar es la situación para que ésta demande un líder sin dichos defecto,, de gestión.
¿Cuáles pueden ser las bases para desarrollar ese tipo de comportamientos inapropiados? Veamos con cuidado sólo algunas de las características poco deseables.
"Actuar con rapidez y en forma intimidatoria, con un estilo tiranizador y de manera insensible, fría, distante y arrogante”.° La rapidez excesiva es un
reflejo de quitarse responsabilidades, de exhibirse poco y, por tanto, de ser menos propenso a ser juzgado. Se dice que esta conducta tiene su origen en haber sido educados por padres críticos, fríos y en extremo exigentes. Para escapar a ellos, los hijos tratan de hacer las cosas de la manera más rápida posible, y ello para que sus padres no los puedan intimidarr con agresiones, es decir, es un medio al que recurren los niños para no ser agredidos. La gran introyección es la falta de capacidad de compartir con otros el mando; por eso se convierten en tiranos; su mal introyectado sería éste: sé lo que es decidir sin incluirme; eso he hecho conmigo mismo al hacer a un lado mis deseos y necesidades cuando tomo decisiones que me afectan; por eso, soy demasiado exigente con mi persona; lo cual, claro esta, me lastima; además, como también exijo mucho de los otros, los lastimo.
Otras características inapropiadas que no me detendré en explicar son las siguientes:

Fríos, distantes Y arrogantes
Demasiado ambicioso
Incapaces de formar equipo y delegar responsabilidades
Incapaces de formar personal eficaz
No piensan estratégicamente
Demasiado dependientes

¿En qué medida usted como lider tiene estos defectos?

Actividades
En una escala del 0 al 10 haga una evaluación propia. Esto le permitirá saber en que medida y proporción esos rasgos indeseables viven en usted y se manifiestan a través de su liderazgo.




1. ¿En que medida soy?
Frío, distante y arrogante
Demasiado ambicioso
Incapaz de formar equipo y delegar -------------------------------------
Responsabilidad

Incapaz de formar personal eficaz
No pienso estratégicamente
Demasiado dependiente
2. ¿Qué rasgo de los anteriores está mas marcado en mí?
___________________________________________________________________

3. ¿Cómo puedo evitarlo ?
__________________________________________________________________________________________
4. Qué proporción de tales comportamientos quiero tener en los próximos cinco años? (Obviamente un porcentaje menor al que pudiera tener en el momento actual.)


ahora después
Frío, distante y arrogante _______ _______
Demasiado ambicioso _______ _______
Incapaz de formar equipo y delegar
Responsabilidades _______ _______
Incapaz de formar personal eficaz _______ _______
No pienso estratégicamente _______ _______
Demasiado dependiente ________ ________


5. ¿Qué cosas debo hacer para que esto ocurra?.

a. .__________________________________________________________________
b. .__________________________________________________________________
c. .__________________________________________________________________
d. .__________________________________________________________________
e:____________________________________________________________________


Una restricción para funcionar correctamente consiste en tener algunos de esos rasgos, sobre todo en exceso. Por eso, reducirlos o eliminarlos se convierte en una tarea urgente. El verdadero líder sabrá mejorar y dirigirá de manera eficaz a su gente.



Resumen

En este capítulo se hace una presentación de los recursos con los que todo líder debe contar para inspirar a otros hacia la acción.

Se presenta el modelo de Bowly, mediante el cual Bowly sostiene que para poder ofrecer algo se debe haber adquirido ese algo (el caso que propone es el del amor).
Se aclara que existen otros modelos a través de los cuales el líder puede aprender emociones básicas, como el amor.
Se presentan algunos rasgos diferenciales de liderazgo. Se alude a Shelly, et al (1991, en Robbins y DeCenzo, 1996). En particular se tornan de ellos los rasgos que diferencian a los líderes de los no líderes y señalan los siguientes rasgos distintivos de los primeros:

Impulso: muestran altos niveles de esfuerzo
Deseo de dirigirr: quieren influir a otros
Honestidad e íntegridrad: construyen relaciones de confianza debido a que ellos mismos son confiables y siempre dicen la verdad acerca de lo que sienten y piensan
Autoconfianza: confían en sí mismos
Inteligenicia: acopian, sintetizan e interpretan mucha información
Conocimiento: conocen su negocio
Se menciona la relevancia de la apertura para observar y aceptar las cosas que se hacen mal, esto en liderazgo es fundamental para ayudar al líder a mejorar.
Se presentan los defectos que afectarán negativamente la gestión de un líder. Para ello se recurre a McCall y Lombardo (en Hersey et al., 1999). Estos autores hablan de esos comportamientos como defectos fatales (de los líderes). Dichos comportamientos son los siguientes: actuar con rapidez y en forma intimidatoria, con un estilo tiranizador y de manera insensible, fría, distante y arrogante; además tales comportamientos generan poca confianza, amén de que hacen que el líder se muestre proclive a la ambición.

[1] La red semantica es un metodo a tráves del cual se le presenta a una serie d sujetos un concepto y se pide que enuncien las primeras ideas que les vengan a la cabeza para saber lo queestan asociando

En el Nombre de Jesús - Un nuevo modelo de responsable de la comunidad cristiana




EN EL NOMBRE DE JESÚS

Un nuevo modelo de responsable de la comunidad cristiana.



Por Henry J.M.Nouwen.


INDICE


I Del sentirse importante a la Oración
II De la popularidad al servicio ministerial
III Del guiar al ser guiado


I - DEL “SENTIRSE IMPORTANTE” A LA ORACION


La tentación: Sentirse importante

Lo primero que me impactó cuando empecé a vivir con disminuidos psíquicos fue que lo que a ellos les gustaba o les desagradaba no tenía ab­solutamente nada que ver con las cosas «útiles» que yo había hecho hasta entonces. Como es­taban incapacitados para leer mis libros, no po­dían impresionarles. Y como la mayoría nunca ha­bía asistido a ninguna escuela, mis veinte años en Notre Dame, Yale y Harvard nada significaban para ellos como carta de presentación de mi per­sona. Mi experiencia importante en el mundo del ecumenismo era, evidentemente, un dato de me­nor valor todavía. Cuando, durante la cena, ofrecí carne a uno de los auxiliares, uno de los dismi­nuidos me dijo: «No le des carne. No la come. Es presbiteriano».
Me angustiaba el hecho de no poder utilizar las capacidades y técnicas que me habían sido tan útiles a lo largo de mi vida. De repente, tuve que enfrentarme con mi realidad íntima, desnuda, abierta a aceptaciones y rechazos, abrazos y gol­pes, sonrisas y lágrimas, dependiendo simple­mente de cómo era yo percibido por ellos en cada momento. En cierta forma, me pareció que mi vida empezaba de nuevo desde cero. Amistades, relaciones, fama, nada de eso tenía importancia alguna a partir de aquel momento.
Esta experiencia fue y sigue siendo, en muchos sentidos, la más importante de mi nueva vida, porque me obligó a descubrir mi verdadera identidad. Estas personas rotas, heridas y sin pretensión alguna, me obligaron a desprenderme de mi ego, al que daba yo tanta importancia -el ego capaz de hacer cosas, mostrarlas, demostrarlas, construirlas-, y me obligaron a recuperar mi otro ego, el desnudo, en el que soy completamente vulnerable, abierto a recibir y a ofrecer amor, sin tener en cuenta ningún tipo de logros.
Os digo todo esto porque estoy profundamente convencido de que el líder cristiano del futuro está llamado a ser alguien completamente irrelevante, y a presentarse ante el mundo ofreciendo solamente su persona totalmente vulnerable. Así es como Jesús vino a revelarnos el amor de Dios. El gran mensaje que debemos ofrecer, como servidores de la Palabra de Dios y discípulos de Je­sús, es que Dios nos ama, no por lo que hace­mos o logramos, sino porque Dios nos ha creado y redimido por amor, y nos ha escogido para pro­clamar ese amor como la verdadera fuente de toda vida humana.
La primera tentación de Jesús fue la de sentir­se importante, convirtiendo las piedras en panes. ¡Cuántas veces he deseado yo poder hacerlo! Paseando por los barrios jóvenes de las afueras de Lima, donde los niños mueren de mal nutrición y de enfermedades por beber agua contaminada me hubiera costado mucho renunciar a la capacidad de convertir las calles sucias, pedregosas en lugares en los que las personas pudieran, en un momento dado, levantar del suelo una de los miles de piedras que allí existen para descubrir que eran croissants, pasteles u hogazas de pan recién horneado, y donde, al llenar el cuenco de sus manos con el agua contaminada de las cis ternas, descubrieran con alegría que estaban bebiendo una leche deliciosa.
¿No estamos llamados nosotros, los sacerdotes y los servidores de Dios, a ayudar a las per sonas, a alimentar a los hambrientos, a salvar los que mueren de inanición? ¿No estamos llamados a hacer que las personas se den cuenta de que nosotros podemos contribuir a que sus vidas sean diferentes? ¿No estamos llamados curar a los enfermos, a alimentar a los hambrientos, a aliviar los sufrimientos del pobre? A Jesús se le plantearon las mismas preguntas, pero cuando se le quiso forzar a probar su poder de Hijo de Dios por el hecho deslumbrante de convertir las piedras en panes, se aferró a su misión de proclamar la Palabra y dijo: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».
Una de las principales fuentes de sufrimiento en la vida ministerial es una baja autoestima. Muchos sacerdotes y servidores de la Palabra de Dios se ven hoy cada vez más a sí mismos como personas con muy poca capacidad de impacto. Trabajan muchísimo, pero no ven que las cosas cambien. Parece como que sus esfuerzos no ob­tienen ningún fruto.
Se enfrentan a una participación cada vez me­nor en los actos de culto y descubren que, con frecuencia, las personas confían más en psicó­logos, psicoterapeutas, consejeros matrimoniales y médicos, que en ellos. Una de las constatacio­nes más penosas para muchos líderes cristianos es la de que cada vez menos jóvenes se sienten atraídos a seguir sus pasos. Parece que en nues­tro tiempo, el sacerdocio, o cualquier otro tipo de dedicación al servicio ministerial, es algo a lo que no vale la pena dedicar la vida. En la Iglesia ac­tual se están dando, a la vez, un sentimiento de insatisfacción generalizada y un estado de ánimo que nos lleva a criticar todo. ¿Quién puede vivir mucho tiempo en este clima sin correr el peligro de caer en la depresión? El mundo secular que nos rodea nos dice a voz en grito: «Podemos cuidarnos nosotros mismos. No necesitamos de Dios, ni de la Iglesia, ni de un sacerdote. Tene­mos el control. Y cuando no es así, es que te­nemos que trabajar más para conseguirlo.
El problema -piensan muchos- no es la falta de fe sino la falta de competencia. Si caes en­fermo, necesitas un médico competente; si eres pobre, debes recurrir a políticos competentes; si surgen problemas de orden técnico, los solucio­narán ingenieros competentes; si hay guerras, las remediarán unos negociadores competentes. Du­rante siglos, nos hemos servido de Dios, de la Iglesia y de sus ministros para realizar las tareas que no eran competencia de nadie. Pero hoy, esos vacíos se llenan con otros medios, y no ne­cesitamos ya respuestas de tipo espiritual a pre­guntas de orden práctico».
En este clima de secularización, los líderes cris­tianos sienten que juegan un papel cada vez me­nos importante, cada vez más marginal. Muchos empiezan a preguntarse para qué seguir en el servicio ministerial. A menudo lo abandonan, se preparan para ocupar otros puestos de trabajo, y se unen a sus contemporáneos en su intento de contribuir de manera más eficaz a la creación de un mundo mejor.
Pero hay otra historia bien distinta. Bajo los grandes logros de nuestro tiempo existe una co­rriente profunda de desesperación. Al mismo tiempo que la eficacia y el dominio de la realidad son las grandes aspiraciones de nuestra socie­dad, el sentimiento de soledad, el aislamiento, la falta de amistad e intimidad, las relaciones rotas, el aburrimiento, los sentimientos de vacío y de­presión, y un sentimiento profundo de inutilidad llenan los corazones de millones de personas en nuestro mundo, totalmente orientado hacia el éxi­to.
La novela de Bret Easton Ellis, Menos que cero, describe de la manera más gráfica la pobreza moral y espiritual, que se da tras la fachada de riqueza, éxito, popularidad y poder de nuestro tiempo. En dramático staccato, describe la vida de sexo, drogas y violencia entre los jóvenes me­nores de veinte años, hijos e hijas de los artistas de Los Angeles. Y el grito que se levanta tras toda esa decadencia es claro: «¿Hay alguien que me ame? ¿Hay alguien a quien yo le importe ver­daderamente? ¿Hay alguien que quiera quedarse conmigo? ¿Hay alguien que quiera estar a mi lado cuando pierda el control de mí mismo, cuando sienta ganas de llorar? ¿Hay alguien que quiera apoyarme y hacerme sentir que pertenezco a algo o a alguien? Sentirse un ser sin importancia es una experiencia más general de lo que pensamos cuando miramos este mundo que aparenta ser tan autosuficiente. La tecnología médica y el trá­gico aumento de los abortos pueden hacer dis­minuir radicalmente el número de disminuidos psíquicos en nuestra sociedad pero es cada día mayor el número de personas que sufren profun­das minusvalías morales y espirituales, sin tener idea alguna de dónde encontrar curación.
Aquí es donde se ve muy clara la necesidad del nuevo sentido del liderazgo cristiano. El líder del futuro será quien se atreva a proclamar su irrelevancia en el mundo contemporáneo como una vocación divina que le permita entrar en pro­funda solidaridad con la angustia que subyace bajo el brillo del éxito, y llevar hasta allí la luz de Jesús.

La pregunta: «¿Me amas?»

Antes de encomendar Jesús a Pedro la misión de apacentar su rebaño, le preguntó: «Simón, hijo de Juan, me amas más que éstos?» Le preguntó por segunda vez: «¿Me amas?». Y volvió a pre­guntarle por tercera vez: «¿Me amas?». Debemos escuchar esta pregunta como algo clave en nues­tro servicio ministerial cristiano. Es la pregunta que puede permitir que nos sintamos irrelevantes y, al mismo tiempo, darnos confianza en nosotros mismos.
Fijémonos en Jesús. El mundo no le prestó atención alguna. Fue crucificado, eliminado. Su mensaje de amor fue rechazado por un mundo en busca de poder, eficacia y dominio. Pero vedlo apareciéndose, con las heridas en su cuerpo glo­rioso, a unos pocos amigos que tuvieron ojos para ver, oídos para escuchar y corazones para comprender. Este Jesús rechazado, desconocido, herido, preguntó simplemente: «¿Me amas, me amas de verdad?» Aquel cuya meta única fue anunciar el amor incondicional de Dios, no hizo más que una pregunta: «¿Me amas?»
La pregunta no es: ¿Cuántas personas te to­man en serio? ¿Qué metas te propones alcanzar?
¿Puedes presentar resultados concretos? Sino: ¿Amas a Jesús? Quizá otra manera de hacer la pregunta sería: ¿Conoces a Dios encarnado? En nuestro mundo, lleno de soledad y desespera­ción, hay una enorme necesidad de hombres y mujeres que conozcan el corazón de Dios, un corazón que perdona, que ama, que sale a nues­tro encuentro y quiere curarnos. En este corazón no hay lugar para el recelo, ni la venganza, ni el resentimiento, ni el mínimo matiz de odio. Es un corazón que únicamente quiere dar amor y reci­birlo como respuesta. Es un corazón que sufre inmensamente porque ve la enormidad del sufri­miento humano y la gran resistencia a confiar en el corazón de Dios, que quiere ofrecer consuelo y esperanza.
El líder cristiano del futuro es el que conoce verdaderamente el corazón de Dios hecho carne, «un corazón de carne», en Jesús. Conocer el co­razón de Dios significa, pues, de una forma ra­dical y concreta, anunciar y revelar que Dios es amor y sólo amor, y que siempre que el miedo, la soledad y la desesperación empiezan a invadir el alma humana, se está produciendo algo que nunca viene de Dios. Esto parece algo muy sen­cillo, quizá hasta trivial, pero muy pocas personas conocen que son amadas sin condición alguna, sin límites. Este amor incondicional y sin límites es lo que san Juan llama el amor primero de Dios. «Nosotros debemos amarnos», dice, «por­que él nos amó primero» (1 Jn 4,19). El amor que a menudo nos deja llenos de dudas, frustrados, enfadados y resentidos es el segundo amor, es decir, la afirmación, el afecto, la simpatía, el alien­to y el apoyo que recibimos de nuestros padres, profesores, cónyuges y amigos. Todos sabemos hasta qué punto este amor es limitado, fraccio­nado y muy frágil. Tras muchas de las expresio­nes de este segundo amor hay siempre la posi­bilidad del rechazo, de la traición, del castigo, del chantaje, de la violencia e, incluso, del odio. Mu­chas películas y obras de teatro de nuestros días nos pintan las ambigüedades y ambivalencias de las relaciones humanas. Y no hay amistades, ma­trimonios o comunidades en los que las tensiones y el estrés de este segundo amor no se hagan profundamente presentes de alguna manera. A menudo parece que tras situaciones aparente­mente agradables, tras las sonrisas de la vida diaria, hay muchas heridas abiertas que llevan nombres como desamparo, traición, rechazo, rup­tura y pérdida. Todas ellas forman la cara som­bría del segundo amor y revelan la oscuridad que nunca abandona por completo el corazón del hombre.
La radicalidad de la Buena Nueva es que este segundo amor es solamente un reflejo desfigu­rado del primer amor, que es el que Dios nos ofrece, y en el que no hay sombra alguna. El corazón de Jesús es la encarnación del primer amor de Dios, libre de toda sombra. De su co­razón brotan manantiales de agua viva. Clama a voz en grito: «Si alguien tiene sed, venga a mí y beba» (Jn 7,37). «Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas» (Mt 11,28-29).
De este corazón brotan las palabras: «¿Me amas?» Conocer el corazón de Jesús y amarlo son equivalentes. El conocimiento del corazón de Jesús es el conocimiento del corazón por anto­nomasia. Si vivimos en este mundo, imbuidos de este conocimiento, seremos, necesariamente, portadores de curación, reconciliación, nueva vida y esperanza a cualquier lugar al que vayamos. El deseo de ser importantes y de tener éxito desa­parecerá gradualmente, y nuestra única aspira­ción será decir con toda el alma a nuestros her­manos y hermanas: «Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el vientre de mi madre» (Salmo 139,13).

La práctica: La oración contemplativa

Para vivir una vida que no esté dominada por el deseo de sentirse importante, sino anclada fir­memente en el conocimiento del primer amor de Dios, tenemos que ser místicos. Místico es una persona cuya identidad está profundamente en­raizada en el amor primero de Dios.
Si hay algún eje central que vaya a necesitar el líder cristiano del día de mañana, es el de vivir constantemente en la presencia del Uno que no deja de preguntarnos: «¿Me amas?» «¿Me amas?» «¿Me amas?». Es la práctica de la oración con­templativa. Por medio de esta oración, podemos evitar sentirnos arrastrados de un asunto urgente a otro y de ser unos extraños a nuestro propio corazón y al de Dios. La oración contemplativa nos hace sentirnos constantemente como en casa, enraizados y a salvo, incluso hasta cuando estamos de camino de un sitio a otro y, a me­nudo, rodeados por sonidos de violencia y de guerra. La oración contemplativa nos ayuda a profundizar en el conocimiento de que ya somos libres, de que hemos encontrado un lugar en el que permanecer, de que ya pertenecemos a Dios, incluso cuando todo y todos a nuestro al­rededor parecen sugerirnos lo contrario.
A los sacerdotes y a cuantos se dediquen al servicio ministerial en el futuro no les bastará con ser personas honradas, bien preparadas, deseo­sas de ayudar a sus hermanos los hombres, y capaces de responder con creatividad a los pro­blemas candentes de nuestro tiempo. Todo eso es muy valioso e importante, pero no es lo esen­cial del liderazgo cristiano. La pregunta central es: ¿los líderes del futuro son verdaderos hombres y mujeres de Dios, personas que experimentan el deseo ardiente de vivir en la presencia de Dios, de escuchar la voz de Dios, de mirar la belleza de Dios, de estar en contacto con la Palabra en­carnada de Dios y de saborear plenamente la in­finita bondad de Dios?
El sentido primero de la palabra «teología» es el de «unión con Dios en la oración». Hoy, la teo­logía se ha convertido en una materia académica más y, a menudo, los teólogos encuentran que les es difícil orar. Pero para el futuro del liderazgo cristiano es de vital importancia el aspecto místico de la teología, de tal manera que cuanto se diga, todo consejo que se dé, y toda estrategia que se desarrolle proceda de un corazón que conoce ín­timamente a Dios. Tengo la impresión de que mu­chos de los debates dentro de la Iglesia sobre problemas como el papado, la ordenación de las mujeres, el matrimonio de los sacerdotes, la ho­mosexualidad, el control de la natalidad, el aborto y la eutanasia se plantean, en primer lugar, desde un punto de vista moral. Así, las diferentes partes discuten agriamente sobre si están bien o no. Pero esta discusión queda fuera de la experiencia del primer amor de Dios que subyace en toda relación humana. Palabras como de derechas, reaccionario, conservador, liberal y de izquierdas son usadas para juzgar las opiniones de las per­sonas, y así, muchas discusiones parecen más batallas políticas por el poder que una búsqueda espiritual de la verdad.
Los líderes cristianos no pueden ser simple­mente personas con opiniones bien formadas so­bre los problemas candentes de nuestro tiempo. Su liderazgo debe enraizarse en la amistad per­manente, íntima, con la Palabra encarnada, Je­sús, y necesitan encontrar ahí la fuente de sus palabras, consejos y orientaciones. Por medio de la práctica de la oración contemplativa los líderes cristianos deben aprender a escuchar una y mil veces la voz del amor y a encontrar allí la fuente de la sabiduría y del valor para orientar cualquier problema que se les plantee. Tratar sobre proble­mas importantes sin estar enraizado en una re­lación personal profunda con Dios conduce fácil­mente a la división porque, antes de darnos cuenta, nuestro ego se siente implicado en nues­tra opinión sobre cualquier tema. Pero cuando es­tamos firmemente arraigados en una intimidad personal con la fuente de la vida, podemos ser flexibles sin caer en el relativismo, firmes en nuestros planteamientos sin ser rígidos, espontáneos en el diálogo sin llegar a ser ofensivos, corteses y generosos a la hora del perdón sin ser exce­sivamente blandos, y verdaderos testigos sin con­vertirnos en manipuladores.
Para que el liderazgo cristiano sea verdadera­mente fructífero en el futuro, se requiere un giro desde la moral a la mística.


II - DE LA POPULARIDADAL SERVICIO MINISTERIAL

La tentación: Ser espectacular

Voy a hablaros de otra experiencia personal, fruto de mi traslado de Harvard a El Arca. Fue la de compartir el servicio ministerial. Fui educado en el seminario de forma que concebí el minis­terio como algo esencialmente individual. Tenía que estar bien preparado y bien formado; des­pués de seis años de preparación y formación, se me consideró capacitado para predicar, ad­ministrar los sacramentos, aconsejar y dirigir una parroquia. Se me hizo sentir como un hombre al que se le envía a hacer un largo camino, con una mochila a la espalda, con todo lo necesario para ayudar a las personas con las que va a encon­trarse en el camino. Las preguntas tenían res­puestas, los problemas soluciones y las penas tenían sus medicinas correspondientes. Lo único que hacía falta era saber con cuál de los tres campos se estaba trabajando en cada caso. Al cabo de los años, me di cuenta de que las cosas no eran tan sencillas. Pero mi visión individualista del sacerdocio no cambió. Cuando me convertí en profesor, me sentí todavía más empujado a hacer las cosas a mi manera. Podía escoger mi temario, mi propio método y, a veces, incluso hasta los alumnos. Nadie me cuestionaba mi ma­nera de hacer las cosas. Y cuando terminaba la clase, era completamente libre de hacer lo que quería. ¡Al fin y al cabo todo el mundo tiene de­recho a su vida privada!
Pero cuando llegué a El Arca, este individualis­mo fue puesto en tela de juicio. Aquí era uno más entre los muchos que intentaban llevar una vida totalmente integrada con la de los disminuidos. Y el hecho de ser sacerdote no me daba licencia para hacer las cosas a mi manera. Todo el mun­do quería saber mi paradero durante todas las horas del día. Y todos mis movimientos eran su­pervisados. Se me asignó un miembro de la co­munidad para que me acompañara; se formó un pequeño grupo para ayudarme a decidir qué in­vitaciones aceptar o rechazar; y la pregunta que con más frecuencia me hacían las personas dis­minuidas con las que vivía era: «¿Vas a volver a casa esta noche?» En una ocasión en la que salí de viaje sin despedirme de Trevor, uno de los disminuidos con los que vivo, la primera llamada telefónica que recibí al llegar a mi destino, fue la suya, preguntándome con una voz temblorosa por el llanto: «Henri, ¿por qué nos has abando­nado? Te echamos mucho en falta. Por favor, vuelve».
Al vivir con una comunidad formada por per­sonas profundamente heridas, he llegado a la conclusión de que había estado viviendo la mayor parte del tiempo como un funambulista, que se pasea arriesgadamente, apoyando sus pies en un cable muy fino, colocado allá arriba, muy alto, in­tentando ir de una torre a otra, siempre en espera del aplauso, en el caso de no caerse o romperse una pierna.
Precisamente la segunda tentación de Jesús fue la de hacer algo espectacular, algo que podía haberle hecho arrancar del público un fuerte aplauso: «Arrójate desde el alero del templo y deja que los ángeles te recojan y te lleven en sus brazos». Pero Jesús rechazó convertirse en un acróbata. No vino para demostrar a los demás lo que era. ,No vino para andar sobre carbones en­cendidos, tragar fuego, o poner su mano en la boca de un león para demostrar que tenía algo importante que decir. «No tentarás al Señor tu Dios», dijo.
Cuando miráis a la Iglesia de hoy, fácilmente véis en ella el predominio del individualismo entre los sacerdotes y las demás personas dedicadas al servicio ministerial. Son pocos los que de entre nosotros tienen un repertorio de habilidades de las que estar orgullosos. Pero la mayoría de no­sotros siente que, si tiene que demostrar algo, debe hacerlo él solo. Podéis asegurar que la ma­yoría de nosotros nos sentimos funambulistas fra­casados después de haber descubierto que no teníamos poder de convocatoria de miles de per­sonas, que no éramos capaces de conseguir mu­chas conversiones, que no teníamos talento para inventar brillantes funciones litúrgicas, que no éra­ mos tan populares entre los jóvenes, los adoles­centes, o los ancianos, como habíamos pensado y que no éramos capaces de responder a las necesidades de nuestra gente, como habíamos esperado. Pero la mayoría todavía seguimos pen­sando que, idealmente, deberíamos haber sido capaces de hacer todo eso y de haberlo hecho con éxito. El deseo de fama y el heroísmo indi­vidual, aspectos tan evidentes de nuestra socie­dad competitiva, no son del todo ajenos a la Igle­sia. También en ella predomina la imagen del hombre o de la mujer que se han hecho a sí mismos, y que son capaces de hacer todo ellos solos.

La tarea: «Apacienta mi rebaño»

Después de haber preguntado tres veces a Pe­dro: «¿Me amas?», Jesús dice: «Apacienta mis corderos, cuida de mis ovejas, aliméntalas». Una vez seguro del amor de Pedro, Jesús le confía el trabajo ministerial. En el contexto de nuestra pro­pia cultura podríamos entender esto de forma muy individualista, como si Pedro hubiera sido en­viado en aquel momento a una misión heroica. Pero cuando Jesús habla sobre pastorear, no quiere que pensemos en un pastor valiente, so­litario, que cuida de un gran rebaño de ovejas obedientes. Da a entender de muchas maneras que el ministerio es una experiencia comunitaria y mutua.
En primer lugar, Jesús envía a los doce de dos en dos (Mc 6,7). No podemos olvidar este hecho. No podemos llevar la Buena Nueva por nuestra cuenta. Hemos sido llamados a proclamar el Evangelio juntos, en comunidad. Aquí se deja ver claramente la sabiduría divina. «Si dos de voso­tros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celes­tial. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos»
(Mt 18,19-20). Seguramente habréis descubierto por vosotros mismos que es radicalmente dife­rente viajar solo a hacerlo en compañía. Yo he comprobado muchas veces lo difícil que me re­sulta ser fiel a Jesús cuando estoy solo. Necesito a mis hermanas y hermanos para que recen con­migo, para que hablen conmigo sobre la misión espiritual que llevamos entre manos, y para exi­girme permanecer limpio de mente, de corazón y de cuerpo. Pero hay algo mucho más importante: es Jesús quien cura, no yo; es Jesús quien dice las palabras de la verdad, no yo; Jesús es el Señor, no yo. Esto se hace patente cuando pro­clamamos juntos el divino poder redentor. Evi­dentemente, cuando trabajamos juntos en un ser­vicio ministerial, les resulta más fácil a las per­sonas darse cuenta de que no vamos en nuestro propio nombre, sino en nombre del Señor Jesús que nos ha enviado.
Antes viajaba mucho. Predicaba, dirigía ejerci­cios espirituales, daba lecciones magistrales y conferencias orientadoras sobre temas trascen­dentales. Pero siempre iba solo. Ahora, siempre que soy enviado por la comunidad para hablar, donde sea, la misma comunidad hace lo posible para que alguien vaya conmigo. El hecho de estar aquí con Bill es expresión concreta de la visión de que no solamente debemos vivir en comuni­dad, sino ejercer nuestro ministerio en comuni­dad. Bill y yo hemos sido enviados a vosotros por nuestra comunidad con la convicción de que el mismo Señor que nos ha unido en el amor, se nos revelará a nosotros y a otros si hacemos el camino juntos.
Pero hay todavía más. El ministerio no es sólo una experiencia comunitaria; es también una ex­periencia mutua. Jesús, hablando de su ministerio pastoral, dice: «Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, lo mismo que mi Padre me conoce a mí y yo lo conozco a él. Y, como buen pastor, yo doy mi vida por las ovejas». (Jn 10,14-15). Jesús quiere que ejer­zamos nuestro ministerio como lo hizo El. Quiere que Pedro apaciente sus ovejas y que las cuide, no como los «profesionales», que conocen los problemas de sus clientes y los cuidan, sino como hermanos y hermanas vulnerables, que co­nocen y son conocidos, que cuidan, y a su vez son cuidados, que perdonan y son perdonados, que aman y son amados. De algún modo, en el mundo actual hemos llegado al convencimiento de que el liderazgo exige poner una cierta dis­tancia respecto a aquellos a los que se está lla­mado a guiar. La medicina, la psiquiatría y el tra­bajo social, todos nos ofrecen unos modelos en los que el «servicio» tiene lugar en una sola di­rección. Uno sirve, y el otro es servido, y ¡cuidado con confundir los papeles! Pero ¿cómo va alguien a entregar su vida por aquellos con los que no se le permite ni siquiera entrar en una relación personal de amistad? Entregar tu vida significa hacer accesible a los demás tu propia fe y tus dudas, tu esperanza y tu desesperación, tu gozo y tu tristeza, tu valor y tu miedo, como caminos para entrar en contacto con la vida del Señor.
No somos los que curan, los que reconcilian, los que dan la vida. Somos personas pecadoras, que­bradas, vulnerables, que necesitan tantos cuidados como aquellos a quienes cuidamos. El misterio del servicio ministerial es que hemos sido escogidos para hacer de nuestro amor, limitado y muy condi­cionado, la puerta de entrada para el amor ilimitado e incondicional de Dios. Por eso, el verdadero minis­terio debe ser mutuo. Cuando los miembros de una comunidad de fe no pueden conocer realmente y amar a su pastor, el pastoreo se convierte rápida­mente en una forma sutil de ejercicio de poder, y empiezan a hacerse notar rasgos autoritarios, dicta­toriales. El mundo en que vivimos -el mundo de la eficacia y el dominio-, no tiene modelos que ofrecer a los que quieren ser pastores, de la forma en la que lo fue Jesús. Incluso las llamadas «pro­fesiones de ayuda», han sido secularizadas hasta tal punto, que la influencia mutua no puede ser vista más que como una debilidad y una forma peligrosa de confusión de papeles. El liderazgo del que nos habla Jesús es radicalmente distinto del que nos ofrece el mundo. Es un liderazgo de ser­vicio, usando el término de Robert Greenleaf
[1]
en el que el líder es un servidor vulnerable, que ne­cesita de las personas, tanto como las personas necesitan de él.

Pienso que está claro que la Iglesia del ma­ñana necesita un nuevo tipo de liderazgo, un li­derazgo que no tiene nada que ver con el juego de poderes del mundo, sino con la imagen del líder servidor, Jesús, que vino a dar su vida por la salvación de muchos.

La práctica: La confesión y el perdón

Después de todo lo que hemos dicho, nos en­frentamos a una pregunta: ¿Qué ejercicio, qué práctica necesita el líder del futuro para superar la tentación del heroísmo individual? Yo os pro­pondría la práctica de la confesión y el perdón. Igual que los líderes del futuro deben estar fuer­temente anclados en la oración contemplativa, deben ser personas dispuestas siempre a con­fesar su fragilidad y a pedir perdón a los que ofrece sus servicios ministeriales.
La confesión y el perdón son las formas con­cretas por las que nosotros, pecadores, nos ama­mos mutuamente. A menudo, tengo la impresión de que los sacerdotes y demás ministros forman parte del grupo de cristianos que menos se con­fiesa. El sacramento de la confesión se ha con­vertido con frecuencia en un medio de ocultar a nuestra comunidad nuestra propia vulnerabilidad. Se hace mención de los pecados, se pronuncian las palabras rituales del perdón, pero rara vez se da el auténtico encuentro en el que se experi­menta la presencia de Jesús que reconcilia y que cura. Hay tanto miedo, existe tal distanciamiento, tanta generalización, tan poca escucha real, tan pocas palabras reales, tan poco realismo en la absolución, que no se puede esperar que se dé en profundidad la realidad sacramental. ¿Cómo pueden los sacerdotes y las demás personas en­tregadas a los servicios ministeriales sentirse real­mente amados y cuidados cuando tienen que ocultar sus propios pecados y faltas a las per­sonas con las que se relacionan ministerialmente y tienen que buscar a una persona extraña a la comunidad para recibir un poco de consuelo y alivio? ¿Cómo pueden las personas cuidar ver­daderamente de sus pastores y ayudarles a que se mantengan fieles a su misión sagrada, cuando no los conocen y, por eso, no pueden amarlos profundamente? No me sorprende en absoluto que tantos sacerdotes y personas entregadas al servicio ministerial sufran una profunda soledad emocional, que frecuentemente sientan una gran necesidad de afecto y de intimidad, y que mu­chas veces experimenten un sentido profundo de culpabilidad y de vergüenza frente a su propia gente. A menudo parecen preguntarse: «¿Qué pa­saría si la comunidad de la que soy responsable conociera lo que estoy viviendo interiormente, lo que pienso y sueño, y adónde se me escapa la mente cuando me siento a mi mesa de trabajo?» Son precisamente los hombres y mujeres dedi­cados al liderazgo espiritual los que se ven fácil­mente enfrentados a la más cruda carnalidad. Y la razón de esto es que no conocen cómo vivir la
verdad de la Encarnación. Se aislan de su propia comunidad, intentan arreglar el mundo de sus propias necesidades ignorándolas o satisfacién­dolas en lugares lejanos y anónimos. Y así, ex­perimentan una creciente separación entre su mundo interior más íntimo y la Buena Nueva que anuncian, Cuando la espiritualidad se hace espi­ritualización, la vida del cuerpo se convierte en carnalidad. Cuando los servidores ministeriales y los sacerdotes viven su ministerio mayormente en sus mentes, y se relacionan con el Evangelio como si se tratara de un conjunto de ideas valio­sas que tienen que ser anunciadas, el cuerpo toma la revancha exigiendo a voz en grito afecto e intimidad. Los líderes cristianos están llamados a vivir la Encarnación, es decir, a vivir en el cuer­po, no solamente en sus propios cuerpos, sino también en el cuerpo de la comunidad como rea­lidad corporativa, y a descubrir ahí la presencia del Espíritu Santo.
La confesión y el perdón son, precisamente, las disciplinas por medio de las cuales la espirituali­zación y la carnalidad pueden ser evitadas para vivir la verdadera Encarnación. Por medio de la confesión, los oscuros poderes son arrancados de su propio aislamiento carnal, conducidos hacia la luz, y hechos visibles a la comunidad. Por me­dio del perdón, son desarmados, desvanecidos, y se hace posible una nueva integración entre cuerpo y espíritu.
Todo esto puede parecer muy fuera de la rea­lidad, pero cualquiera que tenga experiencia de haber trabajado con comunidades terapéuticas, como los Alcohólicos Anónimos o los Hijos de Alcohólicos, habrá experimentado el poder cura­tivo de esta práctica. Muchos, muchos cristianos, incluyendo en este grupo a sacerdotes y perso­nas entregadas al servicio ministerial, han des­cubierto el significado profundo de la Encarna­ción, no en sus iglesias, sino en las doce etapas de curación de los Alcohólicos Anónimos, o de los Hijos de Alcohólicos, y se han hecho cons­cientes de la presencia curativa de Dios en la comunidad confesante de aquellos que se atre­ven a buscar su curación.
Todo esto no quiere decir que las personas entregadas a servicios ministeriales o los sacer­dotes deban, explícitamente, proclamar sus pro­pios pecados y faltas desde el púlpito, o en la práctica de su ministerio diario. Eso sería enfer­mizo e imprudente, nunca una forma de servicio de liderazgo. Quiere decir que los sacerdotes y los entregados al ministerio están llamados a for­mar parte de sus comunidades plenamente, que la comunidad tiene que responsabilizarse también de ellos, que necesitan su afecto y apoyo, y que están llamados a ejercer su ministerio con todo su ser, incluyendo en esa realidad la parte herida.
Estoy convencido de que los sacerdotes y per­sonas entregadas a la labor ministerial, especial­mente quienes se relacionan con personas an­gustiadas y que transmiten esa angustia a los que las tratan, necesitan contar con un lugar seguro para ellos. Necesitan un sitio en el que po­der compartir su profunda pena y sus luchas con personas que no necesiten de ellos pero que puedan guiarlos más profundamente todavía ha­cia el misterio del amor de Dios. Yo, personal­mente, me siento afortunado al haber encontrado un sitio así en El Arca, con un grupo de amigos que se preocupan por mis penas, a menudo ocul­tas, y me ayudan a mantenerme fiel a mi voca­ción por medio de su crítica amistosa y de su apoyo lleno de cariño. Quisiera que todos los sa­cerdotes y personas dedicadas al ministerio pu­dieran contar también con un lugar tan seguro.


III - DEL GUIAR AL SER GUIADO

La tentación: Tener poder

Os hablaré ahora de una tercera experiencia que he vivido al trasladarme de Harvard a El Arca. Fue claramente un cambio el de dirigir a ser di­rigido. De alguna manera había llegado a la con­clusión de que hacerme viejo y madurar como persona significaba automáticamente para mí un crecimiento en mi capacidad de liderazgo. De he­cho, con los años, me había ido haciendo cons­ciente del progreso de la seguridad en mí mismo. Sentía que sabía algo y que tenía la habilidad para expresarlo y ser escuchado. De alguna for­ma, me sentía cada vez con más poder.
Pero cuando entré en la comunidad de los dis­minuidos y de sus auxiliares, todo mi poder se vino abajo, y me di cuenta de que todas las ho­ras, días y meses estaban llenos de sorpresas -a menudo, sorpresas para las que no estaba en absoluto preparado. Si Bill estaba de acuerdo o no con mi sermón, no esperaba al final de la misa para decírmelo. Las ideas lógicas no reci­bían una respuesta lógica. A menudo, las per­sonas respondían desde unas posiciones muy profundas, haciéndome ver que lo que decía o hacía tenía muy poco que ver, si es que tenía algo, con lo que ellos vivían. Sus sentimientos y emociones no podían ser contenidos por medio de hermosas palabras y argumentos convincen­tes. Cuando las personas tienen una capacidad intelectual pequeña, dejan que sus corazones -sus corazones llenos de amor, sus corazones irritados, sus corazones anhelantes-, hablen di­rectamente, y, a menudo, de forma sencilla. Sin darme cuenta, las personas con las que vivía me hicieron saber hasta qué punto mi liderazgo se­guía siendo un deseo de dominar situaciones complejas, emociones confusas, y espíritus an­gustiados. Me llevó tiempo sentirme seguro en ese ambiente impredecible, y todavía vivo mo­mentos en los que me siento atrapado en mis viejos modos, y digo a todos que se callen, que piensen, que me escuchen, y que crean lo que les digo. Pero también me he ido haciendo cons­ciente del misterio de que el liderazgo significa, en gran parte, ser guiado.
Descubro que estoy aprendiendo muchas co­sas nuevas, no solamente acerca de las penas y dificultades de las personas heridas, sino también sobre sus gracias y dones únicos. Son mis maes­tros en temas como la alegría y la paz, el amor, la inquietud y la oración, cosas que nunca he podido aprender en ninguna academia. Me han enseñado también lo que nadie ha podido en­señarme hasta ahora sobre el dolor y la violencia, el miedo y la indiferencia. La mayoría de ellos me ofrecen un destello del amor primero de Dios, a
menudo en momentos en los que empiezo a sen­tirme deprimido y desanimado.
Todos conocéis cuál fue la tercera tentación de Jesús. Fue la tentación del poder. «Te daré todos los reinos de este mundo y su esplendor», dijo el demonio a Jesús.
Cuando me pregunto qué es lo que fundamen­talmente ha motivo a tantas personas a aban­donar la Iglesia en las pasadas décadas en Fran­cia, Alemania, Holanda y también en Canadá y en Norteamérica, la palabra «poder» me viene en seguida a la mente. Una de las mayores ironías de la historia de la Cristiandad es la de que sus líderes caen constantemente en la tentación del poder -poder político, militar, económico o moral y espiritual-, aunque siguen hablando en nombre de Jesús, que no se aferró a su poder divino, sino que se hizo uno de nosotros. La tentación de considerar el poder como un instrumento apto para la proclamación del Evangelio es la mayor de todas. Estamos oyendo que se dice y también se nos dice que tener poder -siempre que ese poder se ponga al servicio de Dios y de los hom­bres-, es una cosa buena. Con este argumento se emprendieron las cruzadas; se organizaron las inquisiciones; los indios fueron esclavizados; se desearon puestos de gran influencia; se constru­yeron palacios episcopales, espléndidas catedra­les, e impresionantes seminarios; y en todo ello se dio una manipulación de la conciencia. Siem­pre que nos enfrentamos a una crisis importante en la historia de la Iglesia, como el Cisma del siglo XI, la Reforma en el XVI, o la inmensa se­cularización en el XX, vemos que la causa fun­damental de la ruptura es el poder ejercido por los que proclaman ser seguidores de Jesús, po­bre y sin poder alguno.
¿Qué es lo que hace que la tentación del poder parezca tan irresistible? Quizá porque el poder hace de sustitutivo fácil de la difícil misión de amar. Parece más fácil ser Dios que amar a Dios; más fácil dominar a las personas que amarlas; más fácil poseer la vida que amarla. Jesús pre­gunta: «¿Me amas?» Nosotros preguntamos: «¿Podemos sentarnos a tu derecha y a tu izquier­da en el Reino?» (Mt 20,21). Desde que la ser­piente dijo: «...en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, cono­cedores del bien y del mal» (Gn 3,5), hemos su­frido la tentación de reemplazar el amor por el poder. Jesús vivió esta tentación de la forma más agónica desde el desierto hasta la cruz. La his­toria de la Iglesia, larga y llena de penalidades, es la historia de un pueblo continuamente puesto en la tentación de elegir el poder en vez del amor, de ser líder en vez de dejarse guiar. Los que resisten a esta tentación, y por eso nos lle­nan de esperanza, son los santos.
Una cosa veo clara: que la tentación del poder es mucho mayor cuando la propia intimidad se vive como una amenaza. Una gran parte del li­derazgo cristiano es ejercido por personas que no saben cómo desarrollar unas relaciones sa­nas, íntimas y, para llenar ese vacío, han optado por el poder y el dominio. Muchos constructores del «imperio cristiano» han sido personas inca­paces de dar y recibir amor.

El reto: «Otro te conducirá»
Volvamos de nuevo la vista a Jesús. Después de haber preguntado a Pedro tres veces si le amaba más que los demás. y después de ha­berle confiado tres veces pastorear su rebaño, dijo de una manera muy enfática:
«Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido
e ibas adonde querías; mas cuando seas viejo, extenderás los brazos,
y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir.»
(Jn 21,18)

Estas palabras fueron las que hicieron posible el cambio de Harvard a El Arca. Tocan al corazón mismo del liderazgo cristiano, y fueron pronuncia­das para ofrecernos en todo momento nuevas vías por las que dejar de lado cualquier tipo de poder y seguir el humilde camino de Jesús. El mundo dice: «De joven, eres una persona depen­diente, y no puedes ir adonde quieres. Pero cuando te hagas mayor, serás capaz de tomar tus propias decisiones, seguir tu camino, y dominar tu propio destino». Pero Jesús tiene una visión distinta de la madurez: es la capacidad y la vo­luntad de dejarte llevar adonde no quisieras ir. Inmediatamente después de que a Pedro se le confiara la misión de ser el pastor del rebaño, Jesús le enfrenta con la dura verdad de que el líder-servidor es el líder conducido a lugares des­conocidos, no deseados y penosos. El camino del líder cristiano no es el ascendente en el que se ha empeñado tanto nuestro mundo, sino el descendente, que termina en la cruz. Esto puede sonar a morboso y masoquista, pero para los que han oído la voz del primer amor y han dicho «sí», el camino descendente de Jesús es el camino del gozo y de la paz de Dios, gozo y paz que no son de este mundo.
Aquí estamos tocando la cualidad más impor­tante del líder cristiano del futuro. No es un li­derazgo de poder y dominio, sino de ausencia de poder y humildad en el que el sufriente servidor de Dios, Jesucristo, se hace presente. Evidente­mente que no me estoy refiriendo a un liderazgo psicológicamente débil en el que el líder cristiano sea una víctima pasiva de la manipulación del medio. No, me estoy refiriendo al liderazgo en el que el poder es constantemente abandonado en favor del amor. Es el verdadero liderazgo espiri­tual. La ausencia de poder y la humildad en la vida espiritual no hacen referencia a personas invertebradas y que abandonan las decisiones en manos de los demás. Se refieren más bien a las personas que aman tan profundamente a Jesús que están preparadas para seguirle adonde las guíe, confiando siempre que, con él, encontrarán vida, y la encontrarán en abundancia.
El líder cristiano del futuro necesita ser radical­mente pobre, haciendo el camino sin nada, salvo un cayado. «...ni pan, ni zurrón, ni dinero en la faja» (Mc 6,8). ¿Qué tiene de bueno ser pobre? Nada, salvo que nos ofrece la posibilidad de ser líderes dejándonos guiar. Dependeremos de las respuestas positivas o negativas de aquellos con los que hacemos el camino, y de esa forma, se­remos guiados verdaderamente hacia donde el Espíritu de Jesús quiera conducirnos. El bienestar y las riquezas nos impiden el auténtico discerni­miento del camino de Jesús. Pablo escribe a Ti­moteo: «Los que quieren enriquecerse caen en tentaciones y trampas, y se dejan dominar por deseos insensatos y funestos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición». (I Tim 6,9). Si hay algún tipo de esperanza para la Iglesia en el futuro, ésta será para una Iglesia pobre en la que sus líderes se dejen guiar.

La práctica: La reflexión teológica
¿Cuál es, después de todo lo que he dicho, la práctica que se exigirá al líder que quiera vivir con las manos siempre abiertas? Os propongo una: la de una profunda reflexión teológica. De la mis­ma forma que la oración nos hace continuar uni­dos al primer amor, y que la confesión y el per­dón mantienen nuestro ministerio en los límites de una labor común y mutua, de la misma manera una fuerte reflexión teológica nos permitirá dis­cernir de forma crítica hacia dónde somos guia­dos.
Pocos sacerdotes o personas entregadas a servicios ministeriales piensan de una manera teológica. Muchos de ellos han sido educados en un clima en el que las ciencias del comporta­miento como la psicología y la sociología, domi­naban de tal modo el medio educacional que han aprendido poca teología. La mayor parte de los líderes cristianos actuales se plantean problemas psicológicos o sociológicos, aunque los formulen en los términos de las Sagradas Escrituras. El verdadero pensamiento teológico, que es pensar con la mente de Cristo, es difícil de encontrar en la práctica del hombre entregado al servicio ministerial. Sin una sólida reflexión teológica, los lí­deres del futuro serán un poco más que pseu­dopsicólogos, pseudosociólogos, o pseudotraba­jadores sociales. Pensarán que se han convertido en personas con ciertas capacidades, animado­res, modelos de determinados roles, imágenes de padres o madres, hermanos o hermanas mayo­res, o algo parecido, y de esa forma se sentirán unidos a los incontables hombres y mujeres que se ganan la vida intentando ayudar al prójimo a desenvolverse en medio de las presiones y ten­siones de su vida diaria.
Pero esto tiene poco que ver con el liderazgo cristiano, porque el líder cristiano piensa, habla y actúa en nombre de Jesús, que vino al mundo para librar a la humanidad del poder de la muer­te, y abrirle el camino de la vida eterna. Para ser un líder así, es esencial ser capaz de discernir en cada momento cómo actúa Dios en la historia humana, y cómo los acontecimientos personales, los vividos en la pequeña comunidad, lo mismo que los que tienen lugar a nivel nacional e inter­nacional, y que suceden a lo largo de nuestras vidas, nos pueden hacer más y más conscientes de los caminos a los que somos llevados por la cruz y, a través de la cruz, a la resurrección.
La misión de los futuros líderes cristianos no es contribuir humildemente a la solución de las penas y tribulaciones de su tiempo, sino identifi­car y anunciar los caminos por los que Jesús está guiando al pueblo de Dios, liberándolo de la esclavitud, a través del desierto hacia la nueva tierra de la libertad. Los líderes cristianos tienen la difícil tarea de responder a los conflictos per­sonales y familiares, a las calamidades naciona­les, y a las tensiones internacionales, con una fe articulada en la presencia real de Dios. Tienen que decir «no» a toda forma de fatalismo, derro­tismo, accidentalismo e incidentalismo que hacen creer a las personas que las estadísticas nos di­cen la verdad. Tienen que decir «no» a toda forma de desesperación en las que la vida humana es vista como una pura cuestión de buena o mala suerte. Tienen que decir «no» a todos los intentos sentimentales de hacer que las personas desa­rrollen un espíritu de resignación o de indiferencia estoica frente a lo ineludible del dolor, el sufri­miento y la muerte. Es decir, tienen que decir «no» al mundo secular, y proclamar en términos clarísimos que la encarnación de la Palabra de Dios, por medio de la cual todo ha sido hecho, ha convertido el más mínimo acontecimiento his­tórico en un «kairos», es decir, en una oportunidad de ser guiados a profundizar en el corazón de Cristo. Los líderes cristianos del futuro tienen que ser teólogos, personas que conozcan el co­razón de Dios, y que estén preparadas, por me­dio de la oración, el estudio y un análisis cuida­doso, para manifestar la tarea salvadora de Dios en medio de los acontecimientos aparentemente fortuitos de nuestro tiempo.
La reflexión teológica consiste en meditar sobre las penosas y gozosas realidades de cada día con la mente de Jesús y, de ese modo, hacernos conscientes de que Dios nos guía con cariño. Es una disciplina dura, puesto que la presencia de Dios es una presencia escondida, que necesita ser descubierta. Los ruidos fuertes, tempestuosos del mundo nos dejan sordos para escuchar la voz suave, amable y amorosa de Dios. El líder cris­tiano está llamado a escuchar esa voz y a ser animado y consolado por ella.
Pensando en el futuro del liderazgo cristiano, estoy convencido de que tiene que ser un lide­razgo teológico. Para que esto sea así, tienen que cambiar mucho las cosas en los seminarios y es­cuelas de teología. Deben ser centros en los que las personas se preparen para un verdadero dis­cernimiento de los signos de nuestros tiempos. No puede ser solamente una preparación intelec­tual. Esa preparación exige una formación espiri­tual profunda que abarque a toda la persona, cuerpo, alma y corazón. Creo que somos cons­cientes sólo a medias de hasta qué punto se han secularizado incluso las escuelas de teología. Una formación de acuerdo con el pensar de Cristo, que no se dejó arrastrar por la tentación del po­der, sino que, por el contrario, se vació de sí mismo, tomando la forma de esclavo, no es el estilo de formación que se da en la mayoría de los seminarios. Todo, en nuestro mundo compe­titivo y ambicioso, está en contra de estas ideas.
Pero en la medida en que esta formación sea tenida en cuenta y llevada a cabo, en esa misma medida habrá alguna esperanza para la Iglesia del próximo siglo.


PREGUNTAS PARA TRABAJAR.
LIBRO “EN EL NOMBRE DE JESÚS”

Capítulo I
1- ¿Cuál es la realidad que enfrentan los líderes en el mundo de hoy?
2- Describe la realidad en que tú desempeñas tu rol de liderazgo/ animación.
3- ¿Cuáles son las dificultades que viven los líderes actuales para ejercer su liderazgo? ¿Y cuáles son,a tu modo de ver, las ventajas?
4- Relaciona la oración contemplativa con el liderazgo. ¿Cómo vives tú estas dos dimensiones? ¿Qué te aporta la mística a tu experiencia de servir a otros?

Capítulo II
1- ¿De qué manera el individualismo (tu propio yo) interfiere en tu experiencia como lider/ animador?
2- Describe las características del liderazgo como una experiencia con otros ¿En qué te ayuda la comunidad?
3- ¿Qué opinas sobre el concepto de líder como servidor vulnerable? ¿En qué te sientes identificado y en qué no?
4- La confesión y el perdón son dos dimensiones que nos ayudan a vivir intensamente una espiritualidad encarnada. ¿Cómo vives tú estos aspectos en medio de la comunidad que acompañas?
Capítulo III
1- ¿Por qué y para qué el liderazgo está relacionado con “dejarse guiar”? ¿Cómo comprendes tú este aspecto, al parecer tan contradictorio, con lo que se espera de un líder?
2- Revisa en tu vida, en tu propia historia, la relación del binomio poder- amor.
3- ¿Cuál es la visión de madurez que Jesús nos propone a través de su Palabra?
(cf/ Jn. 21.18) ¿Qué caracteriza a un líder servidor?
4- A la luz de lo expuesto por el autor, ¿Cuál es la misión de los futuros líderes cristianos? ¿Qué experiencias concretas de tu vida te han ayudado a desplegar tus potencialidades como líder- servidor? ¿Y cuales no? Descríbelas.
5- Relaciona el texto de Henry Nowen con la espiritualidad desde abajo. ¿Qué has aprendido? ¿Cuáles son tus conclusiones?


[1] * GREENLEAF, Robert K.: Servant Leadership: A Journey into the Nature of Legitimate Power and Greatness, New York/ Ramsey / Toronto: Paulist Press, 1977. 48

Si quieres conocer a Dios - conócete a ti mismo




Primer Encuentro

"Si quieres conocer a Dios - conócete a tí mismo"
Autoconocimiento. Integración de lo negativo. Crisis y fracaso. Transformación.

Objetivo:

Se trata de abrirnos a una relación personal con Dios en el punto preciso en que se agotan y cierran todas las posibilidades humanas. Queremos descubrir que "la auténtica oración brota de las profundidades de nuestras miserias y no de las cumbres de nuestras virtudes".

1. Espiritualidad desde abajo
[1]

La espiritualidad que nos ofrece la teología moralizante de los tiempos más recientes parte desde arriba. Ella nos presenta altos ideales, que hemos de alcanzar. Tales ideales son: el total desprendimiento, el dominio de sí mismo, la constante amabilidad, el amor desinteresado, el estar libre de todo enojo y la superación de la sexualidad. (...) La espiritualidad desde arriba con demasiada frecuencia nos lleva a que saltemos por encima de nuestra propia realidad. Nos identificamos tanto con el ideal, que olvidamos nuestras propias debilidades y limitaciones, porque no responden a ese ideal. Esto produce una división o separación, pone a uno enfermo y, no pocas veces, se revela en nosotros en la separación entre el ideal y la realidad. Porque no podemos admitir que no respondemos al ideal, proyectamos sobre los demás nuestra impotencia. Y nos hacemos duros con ellos. (...)
Los padres del desierto nos enseñan una espiritualidad desde abajo. Ellos nos indican que hemos de comenzar por nosotros mismos y nuestras pasiones. El camino hacia Dios, según ellos, está siempre basado en el conocimiento de sí mismo. Evagrio Póntico lo formula así: “¿Quieres conocer a Dios? Aprende antes conocerte a ti mismo”. Sin este conocimiento estamos siempre en peligro de que nuestra idea de Dios sea una pura proyección de nosotros mismos.
Hay personas que se refugian en la religión y la piedad. A pesar de su oración y de su piedad, no cambian, sino que se sirven de la piedad para elevarse sobre los demás, para afirmarse más en su impecabilidad, en su incapacidad de cometer faltas.
En los padres del monacato encontramos un estilo totalmente distinto de piedad. Aquí lo primero que se pide es honestidad y autenticidad. (...) Poimén, un experimentado padre antiguo, explica a un gran teólogo la espiritualidad desde abajo. El famoso teólogo viene a hablar con el anciano sobre la vida espiritual, sobre cosas del cielo, sobre el Dios uno y trino. Poimén le escucha sin responder nada. Decepcionado, el teólogo se disponía a retirarse, cuando un acompañante suyo se acerca a abba Poimén y le dice: “Padre, este gran hombre, que en su entorno tiene tanto prestigio, viene expresamente para hablar con usted. ¿Porqué no le ha hablado?” “El está en la alturas y habla de cosas celestiales; yo, en cambio pertenezco a los de abajo y trato de cosas terrenas. Si él hubiera hablado de las pasiones del alma, yo le habría contestado muy gustosamente. Pero como me habla de cosas espirituales, yo de eso no entiendo.” (Apo, 582). (...)
De abba Antonio nos han llegado estas palabras: “Si ves que un joven monje se esfuerza en llegar al cielo por su propia voluntad, agárrale fuertemente de los pies y tira para abajo, porque eso no le sirve de nada”.
Los americanos denominan al camino de estos voladores “spiritual bypassing”, esto es: reducción (atajo) espiritual. Es peligroso servirnos de la meditación para apartar de nosotros problemas que, en realidad, tendríamos que resolver, problemas de nuestra sexualidad y de nuestra agresividad reprimidas, de nuestros miedos, etc. (...)

San Benito describe esta espiritualidad desde abajo en un capítulo sobre la humildad, sobre la “humilitas”. Él toma la escala de Jacob (Gn 28, 12 ss ) como modelo para nuestro camino hacia Dios. La paradoja está en que subimos a Dios cuando bajamos a nuestra realidad. Así entiende él las palabras de Jesús: “El que se humilla será ensalzado” Lc 14, 11; 18, 14).
A través de ese descender a nuestra condición de tierra (humus-humilitas) entramos nosotros en contacto con el cielo, con Dios. En la medida que encontramos valor para descender a nuestras propias pasiones (“pecado raíz”), en esa misma medida ellas nos elevan hacia Dios. Por este motivo la humildad fue tan alabada por los padres, ya que ella es el camino hacia Dios, el camino sobre la propia realidad hacia el verdadero Dios. Los entusiastas del cielo reflejan y encuentran sólo su propia imagen de Dios, su propia proyección. Isaac de Nínive se sirvió repetidas veces de la imagen de la escala de Jacob como modelo de elevación a Dios a través del descender nosotros: “Esfuérzate por entrar en la cámara del tesoro, que está en tu interior, y así verás lo celestial, pues esto y aquello son una misma cosa. A través de ese entrar, contemplarás ambas realidades. La escala para subir al reino de los cielos está en lo escondido de tu alma. Sal de tus pecados, sumérgete en ti mismo, y encontrarás allí la escala por la que podrás subir”. A través de los pecados, hemos de bajar a nuestro fondo más profundo. Desde allí podremos subir hasta Dios. Amma Theodora dice: “Ni la ascesis, ni las vigilias, ni ningún trabajo laborioso otorga la salvación, sino la verdadera humildad ... ¡La humildad es la vencedora de los demonios!” (...)
“Tu caída, dice el profeta (Jer 2, 19), será la que te eduque” (Doroteo de Gaza) Cuando hemos caído, cuando nos hemos apartado de Dios, entonces aprendemos una lección que no nos pueden enseñar nuestras virtudes. (conf. Lc 15, 11 ss ) Precisamente donde nos encontramos con nuestra impotencia, allí es donde nos vemos abiertos a Dios. Dios nos forma precisamente a través de nuestros errores, de nuestros defectos. (...) Callar y no juzgar (55)
El que por la ascesis se ha encontrado consigo mismo, el que ha sabido permanecer en su celda (consigo mismo) cuando llega la dificultad, éste no juzga a los demás. Por eso tantos dichos de los padres insisten en permanecer consigo mismo, en confrontarse con su propia verdad y no juzgar a nadie.
Abba Poimén pidió al anciano padre José: “Dígame cómo puedo hacerme monje”. Él le respondió: “Si quieres encontrar siempre reposo, has de decirte a ti mismo muchas veces: “Yo, ¿quién soy yo? y no juzgar a nadie”.
A un padre anciano le preguntó, en cierta ocasión, un hermano: “¿Por qué juzgo yo con tanta frecuencia a mi hermano?” Y él le respondió: “Porque todavía no te conoces a ti mismo. El que se conoce a sí mismo no ve las faltas de los hermanos”. "No juzguéis y no seréis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos. ¿Cómo es que ves la paja en el ojo de tu hermano si no adviertes la viga en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Deja que saque la paja de tu ojo, teniendo una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!, quita primero la viga de tu ojo, y entonces verás para quitar la paja del ojo de tu hermano". Mt 7, 1 - 5)

El juzgar a otros es siempre señal de que uno no se ha encontrado consigo mismo. Dice abba Moisés: “Cuando uno lleva sus pecados, no mira a los del prójimo”.
El no juzgar es una ayuda para encontrar la paz interior. Si dejamos de juzgar a otros, esto nos hace bien a nosotros mismos.
Un hermano le preguntó a abba Poimén: “Padre, ¿qué debo hacer, pues me siento decaído por la tristeza?” El anciano le contestó: “No menosprecies a nadie, no le juzgues, no difames a nadie, y el Señor te dará descanso”.
Dejemos que los demás sean lo que son y, de este modo, podremos serlo nosotros también. (...)
... al regañar a otros, revelamos lo que hay en nosotros mismos; proyectamos sobre los demás nuestro propio lado oscuro, nuestros deseos e instintos reprimidos, y, en vez de poner delante de nuestros ojos nuestra propia realidad, les increpamos a ellos. Los monjes nos aconsejan que dejemos este mecanismo de proyección y que procuremos callar. El silencio es para ellos una ayuda contra esta proyección y para ver, en el comportamiento de los demás, un espejo para nosotros mismos.

"Estamos aquí, porque no hay ningún refugio donde escondernos de nosotros mismos. Hasta cuando una persona no se mira a sí misma en los ojos y en el corazón de los demás, escapa. Hasta que no permite a los otros compartir sus secretos, no descansará de estos. Temeroso de ser conocido, no puede conocerse a sí mismo, ni a los otros; estará solo.
¿Dónde más, sino en nuestros puntos comunes podemos encontrar un mejor espejo?
Aquí juntos, una persona puede al fin manifestarse claramente a sí misma, no como el gigante de sus sueños, no como el enano de sus temores, sino como un hombre y una mujer parte de un todo con su contribución para ofrecer.
Sobre este terreno todos podemos echar raíces y crecer. No mas solos como la muerte, sino vivos para nosotros mismos y para los demás. ¡Gracias! Sólo tú puedes hacerlo, pero no solo. Si quieres algo pídelo, los demás son importantes." (Un Alcohólico Anónimo)


2. Transformación

Cuenta la historia que un día el abad Lot fue a ver al abad José y le dijo: “Padre, en lo que puedo, observo una regla sencilla, hago pequeños ayunos, practico algo de oración y meditación, guardo silencio y en la medida de lo posible, procuro mantener limpio mi pensamiento. ¿Qué más debería hacer?
El viejo monje se puso en pie, alzó las manos hacia el cielo, y sus dedos se convertieron en diez antorchas llameantes. Entonces dijo: “¿¡Por qué no te transformas en fuego!?”

Transformación es algo distinto al cambio, pues en el cambio hay algo de violencia, en tanto que en la transformación el proceso es más sueve. Se creemos que debemos cambiar constantemente, es porque en el fondo tenemos la sensación de que no somos buenos, de que debemos ser distintos, de que es necesario formarnos de otro modo.
Por otra parte, transformarnos significa que todo puede continuar, que es bueno y tiene su sentido, que mis padecimientos y enfermedades también tienen su valor aunque, de vez en cuando, me tiranicen.
Transformación significa que lo verdadero debe abrirse paso a través de lo inauténtico, y lo auténtico, a través de las apariencias. Las flaquezas claman por un bien pleno; nos alertan de que hay algo latente en nosotros pero aún no lo hemos develado. Cuando lleguemos a transformarnos descubriremos, precisamente a través de nuestras flaquezas y enfermedades, una nueva calidad de vida, una vitalidad y autenticidad.
En cada Eucaristía celebramos la transformación de nuestra vida. En los dones del pan y del vino, nos ofrecemos a Dios con todos nuestros desgarramientos; con todo lo que nos agota y tortura; con nuestros pensamientos y sentimientos; con nuestras nececidades y debilidades; con nuestro conciente e inconciente. Y confiamos que Dios acepte nuestros dones y los transforme y que, mediante las repetidas celebraciones eucarísticas, se vaya transformando, de a poco, imperceptiblemente, así como en la artesa la levadura fermenta la harina transformándola en un alimento agradable.
[2]

La Vida interior como camino de transformación.
La vida espiritual no es una tarea que estamos obligados a realizar, sino un camino interior que debiera transformarnos siempre. En la vida espiritual, nos abandonamos en el Dios que da la vida, quien quiere desarrollar en nosotros su vida divina por medio de transformaciones constantes.
La transformación interior se desarrolla en forma de espiral, (...). No es un camino de mano única, por el que podemos continuar avanzando, sino que es un sendero en forma de espiral, que parece regresar siempre al punto de partida, para volver a reiniciarse con nueva fuerza. Jesús ha descrito este proceso de transformación interior en lagunas parábolas. Como la del grano de mostaza que crece lentamente para transformarse en arbusto. Por largo tiempo nada notamos sobre su transformación. Pero de pronto a los ojos de los demás nos hemos convertido en un árbol, en el que ellos pueden apoyarse, y bajo cuya sombra experimentan seguridad y reposo. Jesús compara nuestra vida de fe, también con una mujer que coloca la levadura en una artesa de harina hasta que fermenta toda la masa. Del mismo modo, el Espíritu Santo de Dios quiere penetrar siempre más la harina de nuestra vida hasta fermentarlo todo y transformarlo.
La expresión bíblica para expresar la transformación es la metanoia, que indica cambio, conversión. La palabra griega metanoia significa cambiar el modo de pensar. Cuando pensamos de otro modo, cuando orientamos nuestros pensamientos en otra dirección, se transforma toda nuestra existencia. Por medio de un nuevo modo de pensar, el hombre se renueva. Dar vuelta significa tener a la vista otro camino para andar, otro camino que emprender con un cambio de dirección. Cambiar es el núcleo central de la transformación. Cambiar, dar a su vida un cambio, transforma al hombre. Invertir la marcha supone que hemos ido por un camino equivocado. Muchas veces, el camino equivocado. Muchas veces, el cambio equivocado o el rodeo son una condición para llegar a la verdadera transformación.
El camino para la transformación del cristiano no es un camino lineal, de constante subida. Conoce muchas curvas, tiene subidas y bajadas, hay avances y retrocesos. Quien lo observe más de cerca verá cómo, en este proceso de transformación, el pecado tiene una implicancia especial. Puede servir de aliciente para que el hombre se acerque más a Dios. Puede sacar al hombre de su falsa seguridad y conducirlo a un saludable reconocimiento de su realidad; puede desbaratarle las ilusiones que se había hecho de si mismo, y despertarle un verdadero anhelo por el bien que ha descuidado.
Si queremos cambiar la dirección, es preciso que antes aceptemos haber equivocado el camino. Debemos reconocer nuestros pecados; entonces, podrán ser la “feliz culpa” a la que se refiere el pregón pascual en la Vigilia Pascual.
El camino de la transformación de la vida espiritual pasa, sobre todo, por la oración y la meditación. En la meditación, tal como la han entendido los monjes del pasado, no se trata de reflexionar sobre alguna palabra sacada de la Escritura, sino de dejarse transformar cada vez más y más por la Palabra. Al repetir una palabra de la Escritura y unirla al ritmo de la respiración, Dios nos transforma, estando presente y activo en nosotros. La palabra, según los antiguos, no es sólo portadora de información, sino también de fuerza. Siempre es una palabra eficaz la que Dios nos dirige. Mientras reflexionamos la Palabra, dejamos que Dios mismo obre en nosotros. La palabra obra lo que expresa. Es como una espada de doble filo que corta en nostros las nudosidades interiores. Con eso Dios cambia nuestro modo de pensar. Nos proporciona nuevos pensamientos, un cambio en el modo de pensar, una metanoia.
[3]

3. ¿Fracasaste? - ¡Esta es tu oportunidad! A propósito de Jn 21

Señor, estoy sentado en mi barca y no la puedo dejar.
No puedo levantarme, sólo porque tu me llamas.
No puedo saltar al agua para nadar contra la corriente a tu encuentro.
Estoy cansado, demasiado cansado.
Pongo mi máscara delante de mis ojos y oídos,
oculto mi rostro delante de Ti.
Estoy demasiado cansado, todavía deshecho
de aquella noche junto al bracero.
Recuerdos arden en mi,
aquel fuego en la noche,
en aquella noche en que todo se quebró:
mi esperanza de vivir,
la certeza sobre mi camino,
mi vocación, vocación de ser pescador de hombres para Ti.
Aquella vez, en aquella noche
en que todo me cubrió como algo oscuro, amenazante, espantoso,
en aquella noche arrojé mi manto al fuego,
mi rol, mi dignidad,
mi futuro.
Me maldecía a mí mismo,
me tiré al suelo
y lloré amargamente.
Las voces de los esclavos y de las sirvientas en mí habían vencido.
En aquella noche no me alcanzó tu mirada de amor,
se perdió bajo los escombros de mi vocación.
Sólo el gallo cantó,
una vez, dos veces,
burlón, irónico, estridente, penetrante.
Me despierta por mis pecados y mi fracaso,
Soy un fracasado.
Desde aquella noche me despierta cada mañana de nuevo.
Su canto retumba en mi oído,
me perfora el corazón
y confirma cada día de nuevo:
eres un fracasado,
traicionaste tu vida,
no has sido fiel.

Todo este tiempo,
desde aquella noche hasta esta mañana en el lago, en que Tu estabas a la orilla ...
esta mañana en que Tu me buscabas ...
todo este tiempo era la continuación de la noche,
era oscuridad y abandono,
duelo y dolor,
desesperación y resignación.
Desanimado me encontraba en la orilla de mi vida cotidiana.
¿Qué hacer?
¿Salir a pescar?
¿Retomar el trabajo que hacía antes de encontrarme contigo?
No podía.
¿Cómo olvidar que tu me habías seducido?
¿Cómo olvidarte a Ti?
Pero mis sentimientos de culpa me hacían malas jugadas,
me alejaban de Ti,
escondí mi rostro,
huí al desierto,
me escondí en el roquerío de mi culpa.
Pero Tu me buscabas.
Cada día de nuevo tu ponías en mi corazón una canción de amor:
“Con amor eterno te he amado,
te he sido fiel todo este tiempo ...”
Tu me seguiste al desierto,
me buscabas en los caminos polvorientos de lo cotidiano
y me viste en la barca de mi culpa y mi impotencia.
No tengo nada que ofrecerte.
No he pescado nada en todo este tiempo.
Mis manos están vacías.
¿Si tengo algo que me alimenta?
¿Si tengo algo que te alimenta?

Mi anhelo, Señor,
mi anhelo de sanación, de perdón, de amor,
mi anhelo de poder comenzar de nuevo.

Ven, Señor,
quita la máscara de mi rostro,
quita la vergüenza de mi cara,
quita las ataduras del pasado,
quita los sentimientos de culpa de mi fracaso,
quita la angustia de no tener futuro.

Dame, Señor, la gracia de la confianza,
dame la certeza de que tu me miras,
en lo profundo de mi corazón quiero escuchar tu palabra y creer en ella:
Con amor eterno te he amado.
Perpetuamente te soy fiel.
No has fracasado.
Tenías que pasar por la noche de la crisis.
Tenía que ser así.
¡Acéptalo!
Es mi voluntad, es mi camino para ti.
¡Levántate!
[4]

4. "Si quieres conocer a Dios - conócete a tí mismo"
Autoconocimiento.

"Tú, cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está presente en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará." (Mt 6, 6)

Padres y madres del Desierto: Sobre los ocho pensamientos (tb. vicios, tentaciones o demonios)

“Ocho son, en suma, los pensamientos que engendran todo vicio: en ellos se contiene cualquier otro pensamiento: el primero es el de la gula y tras él, el de la fornicación; el tercero es el de la avaricia; el cuarto, el de la tristeza; el quinto es el de la cólera; el sexto, el de la acedia; el séptimo es el de la vanagloria y el octavo, el del orgullo. Ahora bien, que todos estos pensamientos turben el alma o no lo turben, no depende de nosotros, pero que se detengan o no se detengan, o que exciten las pasiones o no las exciten, de nosotros depende.”
[5]

1.- El pensamiento de la gula

“El pensamiento de la gula sugiere al monje el rápido abandono de su ascesis; representándole en su imaginación el estado su estómago, su higado, su bazo y su hidropesía, una grave enfermedad, la escasez de lo necesario y la falta de médicos. A menudo le hace acordarse también de algunos hermanos que han caido en estas enfermedades. Pero además, a veces persuade a aquellos mismos enfermos para que se dirijan a los que practican la templanza y les cuenten sus sufrimientos, como si éstos les acaeciesen a consecuencia de la ascesis”.
[6]

El demonio de la gula no tienta aquí en el punto de comer desmedidamente. Presenta tan sólo motivos aparentemente razonables que argumentan contra el ayuno. El demonio es demasiado sutil como para tentar con un vicio tan primitivo como el de la gula. Su método es el de racionalizar. Fundamentos razonables ocultan necesidades y deseos que hay detrás. Así el demonio se esconde detrás de la razón para no tener que presentarse ante el monje abiertamente como nocivo y malo. Evagrio ha penetrado claramente este mecanismo de la racionalización.
[7]

2.- El pensamiento de la lujuria

“El demonio de la lujuria induce a desear cuerpos atrayentes y arremete violentamente contra los que practican la continencia, a fin de hacerles desisitir, persuadidos de no conseguir nada así, e infectando el alma, la inclina a aquellos actos deshonrosos. Le hace decir ciertas palabras y, a su vez, escucharlas como si el objeto estuviera visible y presente."
[8]

El demonio de la lujuria actúa sobre todo en la fantasía a la que llena de imágenes y pensamientos impuros y de esta manera oscurece el entendimiento. Ataca al monje de repente como viniendo de un cielo tranquilo y despierta en poco tiempo una fuerte pasión. Especialmente tienta al monje durante la noche. Sobre esto Evagrio dice algunas veces que el demonio de la lujuria afecta directamente al cuerpo y lo conduce a la combustión.
[9]

3.- El pensamiento de la avaricia (codicia)

“La avaricia sugiere (al monje) una larga ancianidad, la incapacidad de las manos para el trabajo, el hambre que puede padecer, las enfermedades que sobrevendrán y las penalidades de la pobreza, así como lo vergonzoso de tener que recibir de otros lo necesario para uno mismo.”
[10]

Tampoco aquí presenta el demonio el deseo de una manera directa sino que pone como excusa diversos motivos y razones contra la pobreza y la prodigalidad. No incitan los demonios los instintos sino que combaten los resortes que los pueden dominar al describirse y representar los peligros que pueden venir. Los pensamientos que el demonio de la avaricia sugiere producen angustia y pusilanimidad, privan del empuje interior para reprimir los impulsos y llevarlos por buen camino. Como no se ve ninguna motivación para esforzarse o reprimirse se cae inconscientemente en el vicio de la avaricia. Se es víctima derrotada del demonio de la avaricia porque están corroídos los fundamentos para luchar contra los impulsos que llevan a ella. Quien haya tratado a un drogadicto y oído sus argumentos comprueba la exactitud de las observaciones de Evagrio. También aquí para justificarse, se ponen en cuestión, con aparentes fundamentos razonables, los verdaderos motivos. Pero, en realidad, tras esos fundamentos yace la infantil necesidad de poseer cada vez más. Porque no se ha aprendido de niño a renunciar y a adaptarse a la realidad, se ve uno dominado por el impulso o, como dice Evagrio, puesto en jaque por el demonio de la codicia. Según Freud es imprescindible para adaptase a l arealidad un cierto rechazo del instinto.
[11]

4.- El pensamiento de la tristeza

“La tristeza, unas veces sobreviene por la frustración de los deseos, otras acompañada de la cólera. Por frustración de los deseos sobreviene así: ciertos pensamientos, anticipándose, conducen al alma al recuerdo del hogar, de los padres y del anterior modo de vida. Y, cuando observan que el alma no les opone resistencia, sino que se disipa en los placeres interiormente, entonces, apoderándose de ella, la sumergen en la tristeza, puesto que las cosas de tiempos pasados ya no existen ni en adelante pueden existir, a causa de la vida ahora emprendida. Y el alma infeliz cuanto más dilata estaba con los primeros pensamientos, tanto más abatida y humillada está con los segundos.”
[12]

La última causa de la tristeza es para Evagrio una dependencia exagerada del mundo:

“Quien ama al mundo sufrirá muchas tristezas; pero quien desprecia las cosas de este mundo encontrará alegría en todo”.

Si en la vida se tiene grandes deseos, fácilmente se tiene decepciones y se cae en la tristeza. La tristeza estrecha el corazón humano, lo estrangula, mientras que la alegría lo amplía. Típico de la tristeza es también la dependencia del pasado. En él todo era mejor y más bello. La mirada hacia el pasado nos hace ciegos para el presente. No nos colocamos en la realidad sino huimos al mundo de apariencias de un pasado idealizado. Y tan pronto como hay que confrontarse con el presente nos enterramos en la tristeza. No nos dejemos en absoluto engañar por esto.

“La tristeza debilita el entendimiento que observa. Ningún rayo de sol atraviesa la profundidad de las aguas y la claridad de la luz no ilumina al corazón entenebrecido”.
[13]

5.- El pensamiento de la cólera

“La cólera es una pasión muy precipitada; se dice que es una erupción de la parte irascible (del alma) y un movimiento contra el que no ha agraviado o parece haberlo hecho; exaspera al alma durante todo el día, pero sobre todo subyuga al intelecto durante las oraciones, representándole el rostro del que le ha contristado. A veces, cuando se prolonga, se transforma en rabia y provoca durante la noche perturbaciones, con debilitación del cuerpo, palidez y ataques repentinos de bestias venenosas. Estos cuatro signos que siguen a la rabia se los puede encontrar acompañando a numerosos pensamientos.”
[14]

La colera (ira) oscurece el espíritu del hombre y le priva de su claridad.

“Los pensamientos de un airado son crías de víboras venenosas y devoran el corazón que les ha dado vida”.

Las emociones vehementes sacan al hombre de sí y no le dejan ningún pensamiento. Obran morbosamente en el alma porque mediante estas emociones el inconsciente negativo con todas sus imágenes angustiosas, entra en la conciencia y le arrebata su señorío. El hombre queda abandonado a su afecto de tal modo que es manipulado y se deja arrastrar sobre todo a la venganza. Si no es posible la venganza se convierte en rencor, en un estado de ánimo duradero de descontento y enojo, o en tristeza. Si el monje no hace frente al afecto de la ira, es realmente devorado, como dice Evagrio o, en el lenguaje de C. G. Jung, el Yo pierde su armadura, “esto es, que no puede defender su existencia frente a los ataques de los factores afectivos; es una situación que frecuentemente se registra en los comienzos de una esquizofrenia”.
[15]

6.- El pensamiento de la acedia

“El demonio de la acedia, llamado también “demonio del medio día”, es de todos los demonios el más gravoso. Ataca al monje hacia la hora cuarta (10:00 hrs.) y asedia su alma hasta la octava (14:00 hrs.). Al principio, hace que el sol parezca avanzar lento e incluso inmóvil y que el día aparente tener cincuenta horas. A continuación, le apremia a dirigir la vista una y otra vez hacia la ventana y a saltar fuera de su celda, a observar cuánto dista el sol de la hora nona y a mirar aquí y allá por si alguno de los hermanos ... Además de esto, le despierta aversión hacia el lugar donde mora, hacia su misma vida y hacia el trabajo manual; le inculca la idea de que la caridad ha desaparecido entre sus hermanos y no hay quien le consuele. Si a esto se suma que alguién, en estos días, contristó al monje, también se sirve de esto el demonio para aumentar su aversión. Este demonio le induce entonces al deseo de otros lugares en los que puede encontrar fácilmente lo que necesita y ejercer un oficio más fácil de realizar y más rentable. Así mismo, le persuade de que agradar al Señor no radica en el lugar: “La divinidad - dice - puede ser adorada en todas partes”. Añade a estas cosas también el recuerdo de su familia y del modo de vida anterior y le representa la larga duración de la vida, poniendo ante sus ojos las fatigas de la asecesis; y, como se suele decir, pone todo su ingenio para que el monje abandone su celda y huya del estadio. A este demonio no le sigue inmediatamente ningún otro. Una vez concluido el combate, un estado apacible y un gozo inefable suceden al alma.”
[16]

Para los antiguos monjes, el demonio de la acedia es el más peligroso. Tiene en sí casi todas las tentaciones y pensamientos. Mientras los otros demonios tocan sólo una parte del alma, el demonio del mediodía ocupa todo el alma. Sofoca el entendimiento. Roba al alma elasticidad. No se tiene gusto por nada.
Casiano denomina a la acedia como tedio o angustia del corazón, congoja interior. El desánimo interior lleva al sueño o a huir de la celda. Evagrio describe el comportamiento de una víctima de la acedia con humor muy logrado:

“El ojo de un perezoso mira frecuentemente por la ventana y su espíritu imagina al visitante. La puerta rechina y él salta; oye una voz y mira curioso desde la ventana, no se vuelve sino que mira fijamente con la boca abierta hacia afuera.
Durante el oficio de lectura bosteza frecuentemente y el sueño le invade; se frota los ojos, estira las manos, aparta los ojos del libro y mira a la pared. Luego vuelve a mirar al libro, lee un poco, y se esfuerza inútilmente por penetrar el sentido de las palabaras. Cuenta las hojas y examina las letras. Le parece mal la escritura y la impresión hasta que por fin cierra el libro, lo pone bajo la cabeza y duerme no con sueño demasiado profundo pues el hambre despierta su alma y come.”

Gregorio el Grande enumera como consecuencia de la acedia la desesperación, desaliento, mal humor, amargura, indiferencia, somnolencia, aburrimiento, evasión de sí mismo, hastío, curiosidad, disperción en murmuraciones, intranquilidad del espíritu y del cuerpo, inestabilidad, precipitación y versatilidad.
La acedia es la gran tentación para el solitario, el eremita. Para él es cuestión de vida o muerte. Todo se pone en cuestión, falta todo impulso interior, el corazón parece cada vez más enfermo, el alma se embrolla.

“El alma invadida por la amargura de la acedia enferma y sufre. Y en un exceso semejante de sufrimiento le abandonan todas sus fuerzas. Su posiblidad de resistencia está a punto de abandonar la lucha ante un demonio tan poderoso. Ha perdido la cabeza y se comporta como un niño pequeño que llora sin motivo y grita dolorosamente como si no huebiese ninguna esperanza de consuelo.”

Todo el organismo espiritual se conmueve. El hombre se siente traspasado hasta el límite. Recae en comportamiento infantil y se compadece de sí mismo.
André Louf califica la acedia como crisis necesaria por la que pasa el que se aparta tajantemente de toda distracción. “La acedia es una especie de sentimiento de vértigo ante el abismo que se abre entre el alma y Dios y la incapacidad de atravesar ese aspecto vacío o simplemente soportarlo”.
El monje roza en la acedia el límite de la locura. Le amenza el hundimiento espiritual o el derrumbamiento del alma. Sin embargo, quien pasa esta crisis manteniéndose firme, simplemente perseverando, experimenta una paz y alegría profundas e íntimas. De esta prueba sale un hombre nuevo integrado de manera armónica.
La acedia coincide con la situación que M. L. v. Franz llama “la pérdida del alma”. “La pérdida del alma se presenta como displacer y cansancio sobrevenidos de pronto. Ya no se tiene la alegría de vivir y el interesado se siente vacío y paralizado en sus incentivos y todo parece sin sentido”. Este autor explica esta situación afirmando que una gran parte de las energías psíquicas pasan al inconsciente y por ello no está ya al servicio del Yo.
La energía es sometida por un complejo inconsciente. Así como la ira y la tristeza son reacciones por el malogro del tercer impulso fundamental, en la acedia los impulsos se anulan. Para Evagrio consiste precisamente el peligro de la acedia en que se le oculta al que la sufre. Los impulsos desordenados dominan sin que el hombre se dé cuenta de ello y, a veces bajo la máscara de virtudes. Esta observación de Evagrio corresponde a lo que Franz registra sobre muchas depresiones endógenas. “En el fondo hay en la estancada parálisis de la personalidad, un deseo peculiar intenso de forma varia (poder, amor, impulso de expansión, agresividad, etc.) que el depresivo, por muchos motivos no se atreve a dejar manifestar”.
En la acedia los tres impulsos fundamentales atacan al hombre en tanto que reprimidos y como consecuencia no son reconocidos por el inconsciente. Precisamente el hecho de que no haya ningún enemigo a la vista contra el que luchar, hace de la acedia una situación tan peligrosa. Los monjes aconsejan perseverar. Luego aparece una nueva vida, paz y alegría. Franz expresa esto psicológicamente: “Si se persevera el tiempo suficiente en esta situación aparece luego la mayoría de las veces el complejo que es activado por las energías adquiridas y llega a la esfera de la concienca. Surge un interés intenso por la vida que sin embargo, la mayor parte de las veces, toma una dirección distinta de la que tuvo hasta entonces”.
[17]

7.- El pensamiento de la vanagloria

“El pensamiento de la vanagloria es el más sutil y se disimula fácilmente en aquellos que practican una vida recta, deseando difundir sus luchas y procurando con afán la gloria que proviene de los hombres. Este pensamiento le lleva (al monje) a imaginar demonios que vociferan, mujeres curadas y una multitud que toca sus mantos; también le profetiza que será sacerdote desde ese momento y le hace ver a su puerta gentes que le reclaman y que le llevarán atado aunque él no quiera. Y, habiendo logrado que de esta forma se exalte, con vanas esperanzas, abandonándolo bien sea al demonio del orgullo para tentarle, bien al de la tristeza, el cual le introduce pensamientos contrarios a esas esperanzas, e incluso, a veces, al demonio de la fornicación, estos pensamientos entregan cautivo al que poco antes era un santo sacerdote.”
[18]

La vanagloria no está en los mismo planos que los otros vicios. Casiano la sitúa en la parte racional del alma. La vanagloria aparece cuando parecen haber sido superado los otros vicios. Entonces hace daño precisamente el empeño por haber vencido esos vicios. El demonio de la vanagloria es especialmente astuto. Siempre se introduce furtivamente cuando parecen vencidos los otros demonios.

Evagrio compara la vanagloria a una bolsa de dinero agujereada. Se mete lo que se ha ganado con esfuerzo por no conserva nada. Así la vanagloria echa a perder todos los esfuerzos por una victoria. Hace luchar al monje por falsas motivaciones, no para abrirse a Dios sino para agradar a los hombres. Por ello le orienta hacia lo exterior y el monje pierde la recta perspectiva de si mismo. Quien se identifica con altos ideales, sucumbe ante la tentación de la vanagloria. Como el ideal es valorado por los hombres, él se las promete felices y aumenta el sentimiento de autovaloración. En última instancia, en la vanagloria está el propio Yo en primera fila. Se trata de una glorificación del Yo, no de una entrega a Dios.
[19]

8.- El pensamiento del orgullo

“El demonio del orgullo es aquel que conduce al alma a la caída más grave. Este la persuade a no reconocer la ayuda que procede de Dios y a creer, por el contrario, que ella misma es la causa de sus buenas obras, jactándose ante sus hermanos y teniéndolos a todos por necios, puesto que no conocen las cosas que ella. Acompañan a este demonio la cólera y la tristeza y, como último mal, la alienación del intelecto, la locura y la visión de una multitud de demonios en el aire.”
[20]

El orgullo no es sólo el último, sino también el más peligroso de los vicios. El orgulloso se considera a sí mismo como Dios y niega, en última instancia, su condición humana. Esto le conduce fuera de la realidad a un mundo aparencial en el que se hincha cada vez más para terminar en una perturbación espiritual. Orgullo es lo que C.G. Jung llama inflación. El orgullose se hincha con el contenido del insconsciente y siempre pierde el sentido de la realidad. Se tiene por un gran reformador, por un profeta o un santo. Ignora sus sombras y, sin notarlo, es inundado por el inconsciente. Esto conduce, según Jung, a una pérdida del equilibrio anímico, a una disolución de la personalidad. Por la identificación con arquetipos del inconsciente el orgulloso se somete al poder del demonio del orgullo y queda como poseído. Por eso los monjes hablan precisamente de perturbación del espíritu y también de pérdida del espíritu.
[21]
[1] Anselm Grün, La sabiduría de los padres del desierto. Salamanca 2000, p. 18 ss
[2] Anselm Grün, “Transformación. Una dimensión olvidada en la vida espiritual.”, Ed. Lumen - Buenos Aires, 1997; p. 7
[3] Anselm Grün, pp. 82 ss.
[4] conf. A. Grün, Gescheitert? Deine Chance!, Vier-Türme-Verlag, 1999, p 108 ss
[5] [5] Evagrio Póntico, Obras Espirituales, Tratado
Práctico, Cien Capítulos, N° 6

[6] Evagrio Póntico, Obras Espirituales, Tratado Práctico, Cien Capítulos, N° 7
[7] Anselm Grün, Nuestras propias sombras, p. 59
[8] Evagrio Póntico, Obras Espirituales, Tratado Práctico, Cien Capítulos, N° 8
[9] Anselm Grün, Nuestras propias sombras, p. 60
[10] Evagrio Póntico, Obras Espirituales, Tratado Práctico, Cien Capítulos, N° 9
[11] Anselm Grün, Nuestras propias sombras, p. 61
[12] Evagrio Póntico, Obras Espirituales, Tratado Práctico, Cien Capítulos, N° 10
[13] Anselm Grün, Nuestras propias sombras, p. 63
[14] Evagrio Póntico, Obras Espirituales, Tratado Práctico, Cien Capítulos, N° 11
[15] Anselm Grün, Nuestras propias sombras, p. 64
[16] Evagrio Póntico, Obras Espirituales, Tratado Práctico, Cien Capítulos, N° 12

[17] Anselm Grün, Nuestras propias sombras, p. 65 ss
[18] Evagrio Póntico, Obras Espirituales, Tratado Práctico, Cien Capítulos, N° 13
[19] Anselm Grün, Nuestras propias sombras, p. 71
[20] Evagrio Póntico, Obras Espirituales, Tratado Práctico, Cien Capítulos, N° 14
[21] Anselm Grün, Nuestras propias sombras, p. 72